10 tendencias en los medios sociales en 2015

Según KantarMedia éstas serán las 10 tendencias más importantes en medios sociales durante este 2015:

Tendencias en los Medios Sociales en 2015

1 # El intercambio “Dark Social” altera el entorno de los medios sociales

Según RadiumOne, un 69 por ciento de lo que se comparte en redes sociales ocurre fuera de las más habituales

Tendencias en los Medios Sociales en 2015

2 # Los Social Media Centers crecerán

Gracias a las plataformas sociales que ofrecerán opciones vinculadas a eventos o hashflags que impulsan el engagement en tiempo real

Tendencias en los Medios Sociales en 2015

3 # El teléfono móvil como primer y único dispositivo

Según Ovum, un billón de personas utilizará el móvil como única forma de acceso a Internet en 2015

Tendencias en los Medios Sociales en 2015

4 # El “Snackable Shopping” será la principal tendencia

Las redes sociales se van a convertir en un punto de venta directa a través de aplicaciones internas y carritos de la compra

Tendencias en los Medios Sociales en 2015

5 # Mejores estrategias y contenidos de distribución

Las marcas deberán centrarse en crear contenido responsive en formatos cortos

Tendencias en los Medios Sociales en 2015

6 # Los hashtags son el nuevo SEO 

SEO y los medios sociales estarán cada vez más ligados

Tendencias en los Medios Sociales en 2015

7 # Una mirada a Asia

Todos los ojos puestos en WeChat

Tendencias en los Medios Sociales en 2015

8 # El seguimiento de conversaciones sobre menciones de marcas

Las marcas aprovecharán el poder del contexto a través de análisis sociales de predicción y espectaculares visualizaciones de última generación

Tendencias en los Medios Sociales en 2015

9 # Los consumidores desean registrarse a través de redes sociales

Según Gigya, el 77 por ciento de los consumidores de Estados Unidos y el 60 por ciento de los consumidores británicos se han registrado en 2014 a través de una cuenta de una red social

Tendencias en los Medios Sociales en 2015

10 # Wearable Technology

Cambiará nuestra forma de socializarnos a través de una conexión constante y un acceso inmediato a la información

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Apología del selfie

Soy fan de la fotografía desde siempre. De la fotografía en general y de los selfies en particular. Lo era mucho antes incluso de que decidiésemos adoptar el anglicismo, convertirlos en la palabra del año o en una moda que, muchas veces, parece que se nos está yendo de las manos.

Me gustan los selfies, los de los otros, porque me ayudan a conectar con sus experiencias. Y me gustan los selfies, los míos, porque me facilitan el recuerdo y me permiten revivir los momentos felices con gran facilidad.

Hay quien dice que mejores recuerdos de una vida se guardan en la memoria, y eso es cierto. Tan cierto como que la memoria a veces es perezosa, otras veces falla y algunas, las más tristes, llega incluso a perderse por completo. Entonces…¿por qué no ayudar a nuestra memoria con algo tan simple como una fotografía? Y, sobretodo, ¿por qué no hacer algo que -con certeza- a la larga nos hará sentir felices?

Enfrascar momentos…capturar sensaciones…ir llenando el plan de pensiones de nuestra felicidad y tenerlo a mano para poder recurrir a él siempre que lo necesitemos. Decía Rojas Marcos en “Nuestra incierta vida normal” que “las personas que tienden a guardar y evocar preferentemente los buenos recuerdos, los éxitos del ayer, las relaciones o la experiencias enriquecedoras, suelen gozar de confianza en el presente y en el futuro”. Y yo le creo.

Y todo esto venía a cuento de algo, los selfies, sobre los que Antonio Ortiz  escribió un fantástico artículo para Teknautas en El Confidencial  titulado “Selfie, una historia de amor odio“. Os lo dejo a continuación:

He despreciado los selfies durante años. De hecho ya los odiaba antes de que estuviese de moda tratarlos con desdén. Participaba sin saberlo en el lugar común con el que se ha observado el fenómeno desde mi generación: menosprecio por el exhibicionismo, por las ínfulas de importancia de la gente, por la esclavitud a la que (entendía), se somete el personal para exhibir su cuerpo y esperar valoraciones de otros, hasta por la adopción del anglicismo frente al muy válido autofoto.

El caso es que de un tiempo a esta parte he empezado a caerme del caballo, comenzando por la terminología. He comprado el uso de selfie en lugar de autorretrato porque el selfie no lo es en cuanto a obra fotográfica, lo es en cuanto a dónde se exhibe y cómo se utiliza. Al igual que en la disquisición filosófica, el selfie (me niego de momento a lo de “selfi”), no existe si nadie lo ve. Lo es sólo si se comparte, si se bombardea a amigos, contactos o desconocidos. He ahí lo particular del fenómeno.

Con el tiempo he entendido que los selfies no van sólo de hacernos retratos a nosotros mismos, ni de usar un palo, un móvil o una cámara. Van sobre todo de la búsqueda de conectar con otros usuarios en los medios sociales, virtuales, digitales que parecen acercarnos.

Creo que en gran medida los selfies van sobre nuestra búsqueda de dar la vuelta a la contradicción digital, la de unos medios que aparentan conectarnos y acercarnos pero que por su propia naturaleza no pueden sino resultar una imitación del contacto genuino. Por eso funciona no mostrar lo que ven nuestros ojos sino el reflejo del espejo que tendríamos enfrente.

La mayoría de las veces el selfie no es sólo el retrato. Es el sujeto haciendo algo, en algún sitio, en algún momento. Es un camino de comunicación de la experiencia. Porque cuando queremos comunicar que estuvimos en Paris es eso lo que queremos contar: nosotros en París. No la torre Eiffel, no Montmartre o el Sena. Nosotros en ellos.

Somos animalitos que funcionamos así, respondemos más a rostros que a letras o paisajes o sonidos; empatizamos más cuando vemos la cara de con quién nos estamos comunicando. Si es así (y parece que lo es), es posible que el selfie tenga una labor balsámica: que en internet, en las apps o en los móviles al vernos alcancemos a ver personas de carne y hueso y no objetos a los que machacar, humillar, vilipendiar, utilizar para nuestros memes y nuestras bromas que nos hacen populares durante segundos en otra búsqueda de fama y reconocimiento.

Pero el selfie es también un síntoma de la psicosis de nuestro tiempo, de la búsqueda de fama, de comprar la sensación de que tenemos seguidores, gente que quiere vernos en cada momento, que se muere por captar instantes de nuestra vida como si fuésemos Cristiano Ronaldo o la Pedroche. Una lucha denodada contra lo que escribía Marías en Tu rostro mañana,

La inmensa mayoría de las cosas sólo ocurren y no hay ni hubo nunca registro de ellas, aquello de lo que nos llega noticia es una porción infinitesimal de lo acontecido. La mayoría de las vidas y no digamos de las muertes, nacen ya olvidadas y no dejan el menor rastro, o se hacen desconocidas al cabo de un poco de tiempo, unos años, unos decenios, un siglo. Y eso es en realidad muy poco tiempo.

Los adolescentes han hecho de la autofoto en Instagram o en Snapchat, su propio lenguaje. Estoy convencido de que esta no es toda la verdad. Creo que los adolescentes han hecho de la autofoto en Instagram o en Snapchat su propio lenguaje, la forma de comunicarse con sus amigos, como otras generaciones hicieron suyo el teléfono fijo y otras la carta. Y, sospecho, su aparición en las fotos no es en puridad más egocéntrica que cuando mi hermana se encerraba en la habitación y hablaba durante una hora sobre cada aspecto del yo adolescente ante la angustia económica de mi padre.

Es por eso que esta vez quiero apostar a que los selfies no son una triste y fútil persecución de la popularidad hueca en redes sociales, de la constatación de que todo es vanidad. Si alguien quiere luchar contra el olvido, quiere permanecer, siquiera acercarse a un contacto que podría llamarse humano, ¿por qué odiarlo?

never apologize

Y es por eso (entre otras muchas cosas) que no odio los selfies. Lo de los palitos de los selfies ya es otra historia. Pero eso lo dejamos para otro post. O no.

(*) Los diseños de este son de Amanda, The Gestian Poet

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¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!

En una aldea vivía un granjero muy sabio que compartía una pequeña casa con su hijo. Un buen día, al ir al establo a dar de comer al único caballo que tenían, el chico descubrió que se había escapado. La noticia corrió por todo el pueblo. Tanto es así, que los habitantes enseguida acudieron a ver al granjero. Y con el rostro triste y apenado, le dijeron: “¡Qué mala suerte habéis tenido, para un caballo que poseíais y se os ha marchado!”. Y el hombre, sin perder la compostura, simplemente respondió: “Mala suerte, buena suerte, ¿quién sabe?”.

Unos días después, el hijo del granjero se quedó sorprendido al ver a dos caballos pastando enfrente de la puerta del establo. Por lo visto, el animal había regresado en compañía de otro, de aspecto fiero y salvaje. Cuando los vecinos se enteraron de lo que había sucedido, no tardaron demasiado en volver a la casa del granjero. Sonrientes y contentos, le comentaron: “¡Qué buena suerte habéis tenido. No solo habéis recuperado a vuestro caballo, sino que ahora, además, poseéis uno nuevo!”. Y el hombre, tranquilo y sereno, les contestó: “Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?”.

Solo veinticuatro horas más tarde, padre e hijo salieron a cabalgar juntos. De pronto, el caballo de aspecto fiero y salvaje empezó a dar saltos, provocando que el chaval se cayera al suelo. Y lo hizo de tal manera que se rompió las dos piernas. Al enterarse del incidente, la gente del pueblo fue corriendo a visitar al granjero. Y una vez en su casa, de nuevo con el rostro triste y apenado, le dijeron: “¡Qué mala suerte habéis tenido. El nuevo caballo está gafado y maldito. Pobrecillo tu hijo, que no va a poder caminar durante unos cuantos meses!”. Y el hombre, sin perder la compostura, volvió a responderles: “Mala suerte, buena suerte, ¿quién sabe?”.

Tres semanas después, el país entró en guerra. Y todos los jóvenes de la aldea fueron obligados a alistarse. Todos, salvo el hijo del granjero, que al haberse roto las dos piernas debía permanecer reposando en cama. Por este motivo, los habitantes del pueblo acudieron en masa a casa del granjero. Y una vez más le dijeron: “¡Qué buena suerte habéis tenido. Si no se os hubiera escapado vuestro caballo, no habríais encontrado al otro caballo salvaje. Y si no fuera por este, tu hijo ahora no estaría herido. Es increíble lo afortunados que sois. Al haberse roto las dos piernas, tu muchacho se ha librado de ir a la guerra!”. Y el hombre, completamente tranquilo y sereno, les contestó: “Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?”.

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La primera vez que escuché este cuento fue a través de Álex Rovira, al que tuve la suerte de entrevistar mientras trabajaba para el Open Your Mind 2014. Es una historia que invita a reflexionar sobre cómo vemos (nosotros y el resto) las cosas que nos suceden en la vida, de una forma que, en muchos casos (¿en la mayoría de los casos?) es parcial y limitada. Sólo el tiempo y los acontecimientos futuros nos permiten alcanzar una perspectiva más amplia y global, quizás también más correcta.

“No es que las cosas se arreglen con el tiempo, si no que con el tiempo las cosas terminan por hacerse, y se ven desde otra perspectiva” (RH)

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El Capitán · La aventura de Tommy Caldwell y Kevin Jorgeson

Como no sabían que era imposible lo hicieron.

Después de 19 días de lucha contra la gran roca, Tommy Caldwell y Kevin Jorgeson lograron lo que muchos cualificaron de imposible: subir el Dawn Wall de Yosemite, el muro vertical de El Capitán.

A 914 metros de altura, se dieron un abrazo que pasará a la historia.

Tommy Caldwell and Kevin Jorgeson - El Capitan in Yosemite National Park

La foto es de Bligh Gillies de Big Up Productions que, junto con Corey Rich y su equipo, nos permitieron seguir, a través de las redes sociales, el día a día de una aventura que parecía imposible hasta que la hicieron realidad.

Incluso los propios Tommy y Kevin fueron narrando su ascenso a través de Facebook e Instagram. Unos simples teléfonos móviles cargados con baterías solares nos convirtieron en espectadores de su odisea.

Los vimos cara a cara contra la roca…

el capitan 3

Agarrarse a grietas minúsculas…

el capitan 4

Descansar en tiendas colgantes a alturas de vértigo…

el capitán 1

Ascender ayudados únicamente de sus manos y pies…

el capitan 2

Mirar una y otra vez la cima de El Capitán…

El Capitán Yosemite

Pegarse las heridas de los dedos con pegamento cuando los vendajes se les caían…

el capitan 7

Los vimos caerse y golpearse contra la muralla rocosa, emocionarse con el paisaje, beber chupitos de whisky, escribir post en Facebook…

“Estos días siento el amor de Yosemite. Después de toda una vida escalando aquí, aún me impresiona la grandeza y la belleza de este lugar” escribía Tommy hace unos días en su Facebook. “Es una locura pensar que la piel es lo único que delimita la diferencia entre el éxito o el fracaso”, decía en Instagram.

Locura, imposible…fueron algunas de las palabras que escuchó durante todos los años en los que se estuvo preparando para escalar El Capitán, pero él lo tenía claro. “Todos tenemos ideas preconcebidas de dónde están nuestros límites, pero a lo mejor están completamente equivocadas”, decía.

Durante los últimos días muchos criticaron toda la atención mediática que han generado actualizando a diario sus redes sociales. Yo me alegro de que lo hayan hecho, porque para eso son las redes sociales, para compartir nuestros mejores momentos y hacer a los demás partícipes de ellos…para ser capaces de inspirar y emocionar…Yo me quedo con las palabras del presidente Obama cuando los felicitó a través del Twitter de la Casa Blanca: Gracias por recordarnos que todo es posible.

Obama El Capitan Yosemite

“La única posibilidad de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá de ellos, hacia lo imposible” (A.Clarke)

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Millennials · ¿Somos millennials? ¡Seamos millennials!

¿Qué estás haciendo en este exacto momento? ¿Es algo que te apasiona?

¿Estás haciendo lo que te apasiona en este momento? ¿No? Pues empieza!

El reloj está sonando y tiene prisa.

Amar lo que haces te pone en movimiento.

Todos los días.

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