Je demande · Risto Mejide

A la vida hay que exigirle mucho. A la vida hay que exigirle bien. Porque no te preocupes que ella ya se ocupará de exigirte a ti cuando menos te lo esperes y por la razón más insospechada. Un día sales de casa y búm. Un día vuelves de un chequeo rutinario y zas. Un día coges el coche y pam. Es siempre más tarde de lo que te crees. Cualquier día te cambian las reglas de este juego al que llamamos vida, y lo hacen sin que nadie te pida permiso y sin avisar. Así que plantéatelo ahora o atente a las consecuencias. Porque puede que jamás exista un espérate, porque puede que para ti no haya previsto un después.

Por eso, yo exijo. Exijo sentir cosas todos los días. Buenas, malas y regulares. Todas y cada una de ellas. Me da igual. Miedo, asco, rabia, ira, sorpresa, alegría y tristeza. Porque un día sin emociones es un día perdido. Y porque ahí donde la emoción manda, es siempre donde ocurren las cosas, es donde yo exijo estar.

Yo exijo. Exijo no pasar ni un sólo día sin estar enamorado. No hablo de estar acomodado. Ni de dejarme simplemente llevar por la inercia. No. Exijo mariposas todos los días. Y exijo también a alguien a mi lado que las quiera mantener más allá de lo razonable, más allá de lo racional. Alguien que esté dispuesta a dejarse la vida en el intento. Y que quiera casarse cada día conmigo. Y que lo demuestre en cada tempestad. Exijo que se lo curre tanto o más que yo. Y si no, no me vale la pena ni el simple hecho ya no de estar en pareja, sino de respirar. Ah y una cosa más. Exijo que la prudencia se tome vacaciones eternas conmigo. Porque jamás me ha garantizado nada el hecho de ir poco a poco. Ni me ha hecho más feliz. Exijo que deponga sus armas hasta que me asegure que mientras yo sea prudente, nada de lo que me gusta se va a terminar.

Yo exijo. Exijo viajar hasta que el cuerpo aguante. Cada rincón del planeta esconde algo o alguien que tiene algo que enseñarme, cada kilómetro recorrido es otra lección de la que aprender. Soy consciente de que hay casi doscientos países en el mundo, y que yo habré visto siempre muy pocos, con mucha suerte llegaré a conocer la mitad. Y sobre todo, lo más importante, habré estado siempre en menos de los que visité. Un destino es una oportunidad para reencontrarse. Un hogar es donde vacías tus maletas. Y un origen es donde dejas que crezcan los recuerdos. Por eso, por mucho que te alejes, ellos se crecen más.

Yo no exijo un trabajo, exijo dejar de tener las sensación de trabajar. Porque es entonces cuando te estás dedicando a lo que realmente te gusta. Porque es entonces cuando realmente puedes llegar a ser bueno, o como mínimo, a poderlo disfrutar. Cuando el ocio deja de ser la negación del negocio. Cuando los lunes dejan de ser un suplicio, para convertirse en el único día de la semana al que quieres llegar. Lo antes posible, o sea, ya. No concibo ni un sólo día de mi existencia dedicado a algo que no merezca mi tiempo, mi vida, mi sacrificio, mi dedicación profesional.

Pero es que yo exijo también conversaciones. Conocer gente que me aporte algo interesante. Dejar de perder el tiempo con historias tóxicas y desgastadas. Exijo una vida sin capullos, sin mediocres, sin gilipollas, que ya tengo bastante conmigo. Y ponerme a sumar. Siempre sumar. Cada vez me queda menos tiempo para desperdiciar. Así que me he vuelto muy exigente con el tiempo que le dedico a cualquier prójimo. No porque no lo merezcan, o porque yo me crea especial. No tiene nada que ver con eso. Sino con la sensación de unicidad, de que esto que puedo vivir hoy tiene fecha de caducidad. Cada minuto que te dedico, se lo estoy quitando a los demás. Así que me tiene que valer la pena. Algo me tiene que aportar. Dejarse de tonterías e ir al grano. No es una pose. Es una obsesión por aprovechar cada oportunidad.

Y ya puestos a exigir, yo exijo luz de luna. Como Chavela. Pero no sólo para mis noches tristes. Para las alegres, también. Y exijo que el sol vuelva a salir por donde quiera. Porque si sale siempre por el mismo sitio, te juro que pillo la pistola de Saza y me lío a tiros como él.

Yo le exijo todo esto a la vida.

Y lo más importante, como sé que no está en sus planes proporcionármelo, no pienso quedarme de brazos cruzados esperando a que me lo facilite.

Lo pienso ir a buscar.

JE DEMANDE es un artículo de RISTO MEJIDE publicado aquí. Además de en su web, podéis seguirlo en Facebook y Twitter. Suele decir cosas con mucho sentido.

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Todos los días amanece · Pepe Mújica

Estamos navegando en un barquito que se llama Tierra. Tiene en sus entrañas el milagro de la vida y da vuelta por el Universo. Tenemos que hacernos responsables de la vida y de la suerte de ese barquito. Es como si estuviéramos navegando en un gigantesco océano del cual tenemos que temer y después nos tenemos que defender. Dentro del barquito tenemos que tener unidad en la tripulación para manejarlo con el mayor oficio. Esto es el destino de la humanidad. ¿Lo podrá hacer? Yo no sé. Esto no es sencillo, porque los gobiernos están ocupados en quién gana en las elecciones que vienen. Los problemas de la humanidad no conmueven a nadie, en todo caso, son la preocupación de algunos hombres de ciencia que nos dicen tal o cual cosa, pero no sacuden el mundo. Y mientras la feria continúa (…).

Creo que nunca ha habido una época tan portentosamente revolucionaria para la humanidad como ésta. Nunca la humanidad tuvo los recursos que tiene hoy. Y esto es bueno que se lo ponga en la cabeza como interrogante la gente joven. No hay lugar para el pesimismo, no hay lugar para la aventura. Hay lugar para el compromiso. A los seres humanos no hay que dividirlos en hombres y en mujeres, en jóvenes y viejos, en raza, en amarillos, en negros. A los seres humanos hay que dividirlos en dos tipos: los que se comprometen y los que no se comprometen (…).

Se puede vivir porque se nació y es una forma vegetativa de vivir, como cualquier animal, como cualquier bicho. Pero se puede vivir porque a la vida se le da un sentido, se le da hasta cierto punto una orientación. No vivimos sólo porque nacemos. Podemos darle una orientación, hasta cierto punto en términos relativos, al esfuerzo de nuestra vida y tenemos que convocar a los jóvenes, a los que están haciendo, a que no hay derecho a tener desesperanza, no hay derecho a ser pelotudo en este mundo. A levantarse a las once de la mañana porque no tengo nada que hacer. A desesperanzarse porque no conseguí esto o no conseguí el otro. Nunca le regalaron nada a la juventud, la juventud se abre paso a codazos en la lucha por la vida (…).

Ese es el pedido que le quiero hacer a la gente joven porque tiene un enorme desafío, pero se lo digo en mi nombre y en el de otros luchadores viejos, de mi vieja y de otros. Mirarse al espejo y sentir la sensación de que uno no traicionó los sueños. Ha seguido luchando y luchando, y está comprometido con la verdad y tener alegría de vivir. A tal punto que si me tocara vivir de vuelta le diría pulpero sírveme otra vuelta porque esta vida es hermosa. Yo no concuerdo con eso de que esto es un valle de lágrimas para ir al paraíso. No te pelo con eso. El paraíso y el infierno están acá. Depende de nosotros (…).

Pelear por un país de gente feliz y pelear por gente que tenga libertad. Que tenga un margen de tiempo libre para hacer con su vida lo que le gusta, sin joder a nadie. Eso es ser feliz. Mirá que es sencillo. Si tenés muchas cosas, ya te viene la envidia. La necesidad de refregarle a otro que sos más poderoso. Y comprarse un vino de cinco mil dólares la botella para que el otro te envidie. Y decir: este vino me costó cinco mil dólares. O te comprás un auto que te cueste un ojo de la cara, pero no importa, caes en toda una aparatosidad de poder porque te dejás llevar por una cultura que significa que te reafirmás más como persona si le demostrás al otro que sos superior. No. No vamos a tener jamás un mundo mejor si nosotros no somos capaces de ir peleando por ser mejores cada uno de nosotros.

Y esta es una lucha que la tenemos adentro y podemos, y vaya que podemos, y debemos pelear con este que tenemos adentro. Pero tenemos que entender esto: nada cae del cielo como regalo de los dioses de un día para otro. Así como un edificio se va construyendo a bloquecito y a ladrillo y cuesta mucho esfuerzo, disciplina y tecnología, la mejora de una sociedad no es sólo un día, no es sólo un empujón, es una larga marcha. Es el colectivo que hay que construir, y para construir el colectivo hay que recordar que nadie es más que nadie y que estamos llenos de defectos (…).

La vida me enseñó, justo lo que dijo Lucía, los únicos derrotados son aquellos que bajan los brazos, que no luchan. En todos los órdenes de la vida, no solo estoy hablando en el campo de la política y la economía, en el campo del amor, en el campo de las relaciones humanas, siempre estás expuesto a sufrir porrazos y derrotas, pero siempre, si tienes el coraje de volver a empezar, te darás cuenta de que todos los días amanece. Y que todos los días se puede arrancar de nuevo.

(Fragmento del discurso del ex presidente de Uruguay, Pepe Mújica, en el auditorio de Hostafrancs, en Barcelona, recogido íntegramente por Raíces al aire en Blog Raices al aire)

Apología del selfie

Soy fan de la fotografía desde siempre. De la fotografía en general y de los selfies en particular. Lo era mucho antes incluso de que decidiésemos adoptar el anglicismo, convertirlos en la palabra del año o en una moda que, muchas veces, parece que se nos está yendo de las manos.

Me gustan los selfies, los de los otros, porque me ayudan a conectar con sus experiencias. Y me gustan los selfies, los míos, porque me facilitan el recuerdo y me permiten revivir los momentos felices con gran facilidad.

Hay quien dice que mejores recuerdos de una vida se guardan en la memoria, y eso es cierto. Tan cierto como que la memoria a veces es perezosa, otras veces falla y algunas, las más tristes, llega incluso a perderse por completo. Entonces…¿por qué no ayudar a nuestra memoria con algo tan simple como una fotografía? Y, sobretodo, ¿por qué no hacer algo que -con certeza- a la larga nos hará sentir felices?

Enfrascar momentos…capturar sensaciones…ir llenando el plan de pensiones de nuestra felicidad y tenerlo a mano para poder recurrir a él siempre que lo necesitemos. Decía Rojas Marcos en “Nuestra incierta vida normal” que “las personas que tienden a guardar y evocar preferentemente los buenos recuerdos, los éxitos del ayer, las relaciones o la experiencias enriquecedoras, suelen gozar de confianza en el presente y en el futuro”. Y yo le creo.

Y todo esto venía a cuento de algo, los selfies, sobre los que Antonio Ortiz  escribió un fantástico artículo para Teknautas en El Confidencial  titulado “Selfie, una historia de amor odio“. Os lo dejo a continuación:

He despreciado los selfies durante años. De hecho ya los odiaba antes de que estuviese de moda tratarlos con desdén. Participaba sin saberlo en el lugar común con el que se ha observado el fenómeno desde mi generación: menosprecio por el exhibicionismo, por las ínfulas de importancia de la gente, por la esclavitud a la que (entendía), se somete el personal para exhibir su cuerpo y esperar valoraciones de otros, hasta por la adopción del anglicismo frente al muy válido autofoto.

El caso es que de un tiempo a esta parte he empezado a caerme del caballo, comenzando por la terminología. He comprado el uso de selfie en lugar de autorretrato porque el selfie no lo es en cuanto a obra fotográfica, lo es en cuanto a dónde se exhibe y cómo se utiliza. Al igual que en la disquisición filosófica, el selfie (me niego de momento a lo de “selfi”), no existe si nadie lo ve. Lo es sólo si se comparte, si se bombardea a amigos, contactos o desconocidos. He ahí lo particular del fenómeno.

Con el tiempo he entendido que los selfies no van sólo de hacernos retratos a nosotros mismos, ni de usar un palo, un móvil o una cámara. Van sobre todo de la búsqueda de conectar con otros usuarios en los medios sociales, virtuales, digitales que parecen acercarnos.

Creo que en gran medida los selfies van sobre nuestra búsqueda de dar la vuelta a la contradicción digital, la de unos medios que aparentan conectarnos y acercarnos pero que por su propia naturaleza no pueden sino resultar una imitación del contacto genuino. Por eso funciona no mostrar lo que ven nuestros ojos sino el reflejo del espejo que tendríamos enfrente.

La mayoría de las veces el selfie no es sólo el retrato. Es el sujeto haciendo algo, en algún sitio, en algún momento. Es un camino de comunicación de la experiencia. Porque cuando queremos comunicar que estuvimos en Paris es eso lo que queremos contar: nosotros en París. No la torre Eiffel, no Montmartre o el Sena. Nosotros en ellos.

Somos animalitos que funcionamos así, respondemos más a rostros que a letras o paisajes o sonidos; empatizamos más cuando vemos la cara de con quién nos estamos comunicando. Si es así (y parece que lo es), es posible que el selfie tenga una labor balsámica: que en internet, en las apps o en los móviles al vernos alcancemos a ver personas de carne y hueso y no objetos a los que machacar, humillar, vilipendiar, utilizar para nuestros memes y nuestras bromas que nos hacen populares durante segundos en otra búsqueda de fama y reconocimiento.

Pero el selfie es también un síntoma de la psicosis de nuestro tiempo, de la búsqueda de fama, de comprar la sensación de que tenemos seguidores, gente que quiere vernos en cada momento, que se muere por captar instantes de nuestra vida como si fuésemos Cristiano Ronaldo o la Pedroche. Una lucha denodada contra lo que escribía Marías en Tu rostro mañana,

La inmensa mayoría de las cosas sólo ocurren y no hay ni hubo nunca registro de ellas, aquello de lo que nos llega noticia es una porción infinitesimal de lo acontecido. La mayoría de las vidas y no digamos de las muertes, nacen ya olvidadas y no dejan el menor rastro, o se hacen desconocidas al cabo de un poco de tiempo, unos años, unos decenios, un siglo. Y eso es en realidad muy poco tiempo.

Los adolescentes han hecho de la autofoto en Instagram o en Snapchat, su propio lenguaje. Estoy convencido de que esta no es toda la verdad. Creo que los adolescentes han hecho de la autofoto en Instagram o en Snapchat su propio lenguaje, la forma de comunicarse con sus amigos, como otras generaciones hicieron suyo el teléfono fijo y otras la carta. Y, sospecho, su aparición en las fotos no es en puridad más egocéntrica que cuando mi hermana se encerraba en la habitación y hablaba durante una hora sobre cada aspecto del yo adolescente ante la angustia económica de mi padre.

Es por eso que esta vez quiero apostar a que los selfies no son una triste y fútil persecución de la popularidad hueca en redes sociales, de la constatación de que todo es vanidad. Si alguien quiere luchar contra el olvido, quiere permanecer, siquiera acercarse a un contacto que podría llamarse humano, ¿por qué odiarlo?

never apologize

Y es por eso (entre otras muchas cosas) que no odio los selfies. Lo de los palitos de los selfies ya es otra historia. Pero eso lo dejamos para otro post. O no.

(*) Los diseños de este son de Amanda, The Gestian Poet

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Nunca salgas con una chica que viaje

Después del “Sal con una chica que lee”

“Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee. O mejor aún, a una que escriba”

…nunca salgas con una chica que viaje, a menos que puedas seguirle el ritmo:

Es esa que va despeinada y que tiene el pelo un poco quemado por el sol. Su piel no está como al principio. Pero tampoco bronceada. Su piel tiene marcas de quemaduras, de heridas y picaduras. Pero cada una de esas cicatrices tiene detrás una interesante historia que contar.

No salgas con una chica que viaja. No es fácil tenerla contenta. Las típicas noches de cena y peli en un centro comercial la ponen de los nervios. Lo que busca su alma son nuevas experiencias y aventuras. No le impresionará tu coche nuevo ni tu reloj caro. Preferiría estar escalando o saltando de un paracaídas antes que escuchar cómo presumes de tus nuevas adquisiciones.

No salgas con una chica que viaje porque no te dejará tranquilo hasta que no reservéis ese vuelo que está en oferta. No se irá de fiesta a las mejores discotecas. Y nunca pagará más de 100 euros por un concierto de Avicii, porque sabe que un fin de semana de fiesta equivale a una semana mucho más emocionante en cualquier lugar lejano.

Existe la posibilidad de que no consiga un trabajo estable. O puede que esté todo el día pensando en dejarlo. No quiere seguir matándose por algo que no es su sueño, sino el de otra persona. Ella tiene el suyo propio, y ya está trabajando en ello. Es autónoma. Gana dinero dibujando, escribiendo, haciendo fotos o cualquier otra cosa que requiera creatividad e imaginación. No pierde el tiempo quejándose de su aburrido trabajo.

No salgas con una chica que viaja. Probablemente haya malgastado su tiempo en la universidad y haya probado diferentes carreras. Ahora trabaja de monitora de submarinismo o de yoga. No está segura de cuándo volverá a cobrar, pero al menos no trabaja como un robot cada día, sino que va y viene, aprovecha lo que la vida le ofrece, y te reta a que tú hagas lo mismo.

No salgas con una chica que viaje, porque ha elegido una vida de incertidumbre. No tiene un plan seguro ni una dirección permanente. Se deja llevar, y sigue el instinto de su corazón. Baila al ritmo de su propia música. No lleva reloj. Sus días los marca el sol y la luna. Cuando hay olas, la vida se detiene y ella deja todo lo demás para otro momento. Pero sabe que lo más importante en la vida no es el surf.

No salgas con una chica que viaje, porque suele decir lo que piensa. Nunca intentará impresionar a sus padres ni a sus amigos. Sabe lo que es el respeto, pero no tiene miedo a lanzar un debate sobre cuestiones globales o responsabilidad social.

Nunca te necesita. Sabe cómo montar una tienda de campaña y cómo poner un tornillo sin tu ayuda. Cocina bien y no necesita que tú le pagues la cena. Es demasiado independiente y no le preocupará que viajes o no con ella. Se olvidará de esperarte en el aeropuerto para hacer el check-in juntos. Vive el presente con ajetreo. Habla con desconocidos. Va a conocer a mucha gente interesante de todo el mundo, gente que piensa igual que ella y que comparte su pasión y sus sueños. Contigo se aburrirá.

Por tanto, nunca salgas con una chica que viaje a menos que puedas seguirle el ritmo. Y si, involuntariamente, te enamoras de una de ellas, no intentes retenerla. Déjala ir.

Adi Zarsadias – Trotamundos y escritora

Carta abierta de los introvertidos al resto del mundo

Hola, somos nosotros, los introvertidos.

Sólo queríamos escribir una nota breve a todo el mundo para aclarar las cosas. Sabemos que a veces somos un poco enrevesados e incluso irascibles, pero os queremos.

Para ayudaros a tratar con nosotros, hemos creado una lista de los puntos que deberíais tener en cuenta.

1. Los días entre semana son mis días

Juro y perjuro que no es porque no nos caigáis bien. Ni porque hayamos descubierto El ala oeste de la Casa Blanca. Lo cierto es que no queremos estar disponibles tres horas más. Socializar está bien para el fin de semana y para algún que otro jueves (o para todos los jueves, si estás en la universidad). Hasta ahí llegamos. Pero no nos pidáis eso un lunes. Por supuesto, podemos romper las normas en caso de rupturas, reuniones importantes u ocasiones especiales. Así que, básicamente, si no es tu cumpleaños, el encuentro puede esperar hasta el viernes.

2. Si me llamas, que sea por algún motivo

¿Por negocios? Vale, contestamos. ¿Noticias? Bueno. ¿Sólo para hablar? Ja, ja, ja. A menos que ocupes la categoría de ser humano especial, no vamos a contestar a tus llamadas. Francamente, hasta nuestros seres humanos especiales pasan por el escáner (lo siento, mamá). Una vez más, no es que nos caigáis mal. Simplemente, es que no tenemos la energía para hablar por hablar. Los mensajes de texto son nuestros mejores amigos. Si nos escribes un mensaje, tendrás que decirnos de lo que quieres hablar. Nos encanta. Las llamadas son para contactar y conseguir un objetivo. Cualquier otra cosa, no nos vale.

3. Es mejor que haya gente conocida

¡Ay! El jardín de infancia… Hace mucho tiempo nos amontonaban en una clase y nos decían que había que hacer amigos, así que los introvertidos sabemos socializar como cualquier otra persona. Pero no nos confundáis con un extrovertido. La diferencia es que a nosotros nos puede dar un infarto después de una conversación con alguien. Probablemente, sea éste el motivo por el que solemos preguntar: “¿Y quién va a ir?”. No es que no seas guay, es que nos estamos preparando. ¿Por qué?, podréis preguntaros… Porque hablar con desconocidos va unido al hecho de irse pronto de la fiesta. Lo siento, pero no nos arrepentimos.

4. No nos importa andar escasos de amigos

Tiene sentido. Si somos tan malos en la interacción con gente nueva, es lógico que no tengamos millones de amigos. Pero nos da igual. No obstante, los amigos que tenemos son fabulosos. Lo digo por experiencia. Por ejemplo, si eres uno de mis mejores amigos, te sentirás identificado con uno de estos dos puntos:

1. Te abriste paso entre los demás (¡bravo!). 2. Estuvimos encerrados juntos durante un largo período de tiempo y nos vimos obligados a mantener una conversación.No bromeo. Así es como conocí a CINCO de mis mejores amigos. Y se me considera una persona abierta (claro, tengo cinco amigos…).¿Moraleja? Si eres amigo nuestro, te queremos más de lo que crees, y además eres fabuloso.

5. Somos intensos

En serio, no sabemos relajarnos ni tomárnoslo con calma. Cuando estamos metidos en una gran conversación, normalmente tiene que ver con política, religión, dinero, relaciones complicadas o cualquier cosa sobre la que no deberíamos hablar. Estos temas tabús son nuestra fuente de vida en fiestas, no podemos evitarlo. Sí, tu perro es adorable y tu vestido increíble, pero lo que de verdad nos interesa es tu remordimiento como comprador o tu relación con tu madre. Lo siento por adelantado.

6. No sociabilizamos bien

Qué horror. Aquí tienes toda la verdad: nos sentimos desesperados e inseguros cuando invitamos a alguien a cenar, incómodos y falsos cuando contactamos con alguien, y ensimismados cuando hay que conversar con un amigo lejano. No es ninguna excusa; tenemos que esforzarnos más en esto. Pero tened paciencia. Si a ti te resulta más fácil, ayuda a algún introvertido que ande perdido. Somos majos, y nuestras carencias en competencia social se compensan con una buena conversación.

7. Nos gustáis

De verdad. Bueno, no todos nos caéis bien, pero sí muchos de vosotros. Nos gusta que los extrovertidos habléis con nosotros, que nos enviéis mensajes (no que nos llaméis) y que nos contéis lo que ocurre fuera de nuestras mentes temerosas. Aunque nos hemos acomodado en nuestra actitud introvertida, más de una vez nos ha dado envidia la forma en que actuáis. Por tanto, no penséis que tenemos algo en contra vuestra porque prefiramos estar solos. Si os sirve de consuelo, entre nosotros tampoco quedamos. En serio.

((Es un artículo de Kali Rogers para Blush publicado también en el Huffington Post Español))

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El gen de la amabilidad · Irene Orce

Me gustan especialmente las personas amables. Sobre todo las que son amables casi sin darse cuenta, con pocas palabras y pequeños gestos, de esos que pasan casi inadvertidos, que parece que no significan nada, y que lo son todo.

Me gustan las personas amables, y no porque sean amables conmigo -que también-, sino porque de una forma casi inconsciente me hacen ser amables con ellas, y eso es algo que me hace sentir genial.

A esas personas suelo decirles “gracias”. Gracias por la ayuda, por las palabras amables, por ser como son…cuando en realidad debería decirles gracias por hacerme mejor persona. No se lo digo, pero espero que lo sepan.

Hoy ha sido un día de esos “amables”, con personas amables, y he recordado uno de esos artículos de Irene Orce que tanto me gustan. Se titula El gen de la amabilidad. Y dice así :

“Hay tres cosas importantes en la vida: ser amable, ser amable y ser amable”, Henry James

La amabilidad se encuentra en peligro de extinción. Y posiblemente nunca haya existido una decadencia más inmerecida. En nuestro afán por aprovechar el tiempo, lograr nuestros objetivos, cumplir con todo lo que se espera de nosotros y atender nuestras muchas obligaciones, dejamos a un lado todo lo que no consideramos ‘esencial’. Acortamos las cortesías y vamos directos al grano. A menudo nos encerramos tanto en nuestro mundo que no ‘vemos’ a las personas con las que nos cruzamos o con las que conversamos. Sólo somos capaces de ver lo que necesitamos de ellas. Y si no tienen algo que sea de nuestro interés, ni siquiera les dedicamos un segundo vistazo. En este escenario, no resulta extraño que, por lo general, la amabilidad haya caído en desuso.

No en vano, la amabilidad requiere tiempo y consume atención. La urgencia y el egocentrismo nos hacen priorizar otras cosas, que consideramos “más importantes”. Pero en el camino perdemos algo muy valioso, y mucho más trascendente: la auténtica conexión con otro ser humano. La amabilidad es el vehículo que lo hace posible. Tal vez sea un vehículo antiguo, pero no por ello deja de resultar útil. Y en la cultura de la inmediatez en la que vivimos, resulta más necesario que nunca. Eso sí, la auténtica amabilidad va más allá de la pose y el decoro, de la norma social y la educación convencional. No se trata de fórmulas de cortesía recitadas como una poesía, poniendo más énfasis en la forma que en el contenido. Eso forma parte de nuestro personaje social.

La amabilidad genuina nos recuerda la importancia de ir más allá de nosotros mismos, y nos enseña a mostrar interés real por otras personas. No se trata de un mero intercambio de información: las palabras amables están cuajadas de afecto. Son una muestra de aprecio, estima, simpatía y respeto. Una serie de cualidades que nunca sobra cultivar. Además, esta conjunción de empatía, comprensión y generosidad nos permite abrir tanto la mente como el corazón. Y nos brinda la oportunidad de hacer pequeños gestos que pueden marcar grandes diferencias. Tal vez sea el momento de verificar cuán amables nos mostramos en nuestro día a día.

“La amabilidad es una almohadilla que amortigua los embates de la vida” – Arthur Schopenhauer

Para algunos, ser amable a veces suele interpretarse como una transacción tediosa, un signo de sumisión o incluso de debilidad. Hay quienes lo consideran innecesario, y también quienes reducen la amabilidad a las interacciones con las personas que conocen poco, y la olvidan por completo cuando están con las personas de su círculo más cercano. Pero la realidad es que la amabilidad requiere de un profundo compromiso y comprensión de la naturaleza humana. La evidencia sostiene que se trata de un comportamiento adaptativo, que ha resultado fundamental para construir el mundo en el que vivimos hoy. Es una respuesta integrada en nuestro código genético como resultado del proceso evolutivo.

En una época en la que los recursos eran escasos y las condiciones de vida resultaban a menudo extremas, la mejor opción para ver un nuevo día era la cooperación con otros seres humanos. Lo cierto es que cuanto más poderosos eran los vínculos entre varias personas o grupos, mayores eran las posibilidades de asegurar su supervivencia. Mejoraba las oportunidades de cazar, de protegerse de los depredadores y de construir refugios.Y la empatía jugaba un papel protagonista en ese escenario, pues fomentaba y fortalecía esos vínculos. El pasar de los años refinó nuestra manera de interactuar y de exteriorizar nuestras emociones y pensamientos, y aprendimos a expresar esa empatía a través de la amabilidad. Es lo que explica por qué a día de hoy nuestro instinto nos lleva a saltar inmediatamente de nuestra silla para ayudar cuando alguien se cae al suelo o nos paramos a echar una mano cuando presenciamos un choque en la carretera. La evolución incluyó el ‘gen amable’ en nuestra especie hace miles de años. Somos seres sociales, y este instinto nos ayuda a desarrollar esa dimensión necesaria en nuestra vida. Nuestros ancestros aprendieron esa valiosa lección a conciencia, era una necesidad. Eso es algo que al parecer hemos olvidado… Pero nunca es tarde para recordar.

La amabilidad afecta a las relaciones del mismo modo que una dosis de suavizante en la colada.Hace las cosas fáciles, incluso las palabras fluyen con menos esfuerzo. Además, mejora el estado de ánimo de quien la ofrece y de quien la recibe. Es capaz de convertir un ambiente hostil en uno armonioso. Agrieta las corazas más impenetrables y aligera las situaciones más complicadas. Eso sucede porque reduce la distancia emocional entre dos personas y nos hace sentir más vinculados al otro. Cuando somos amables los unos con los otros sentimos una conexión que mejora y profundiza las relaciones nuevas y refuerza las que ya tenemos. Por si fuera poco, es una de las pocas cosas que podemos poner en práctica cada día sin tener que estar pendientes de posibles contraindicaciones ni efectos secundarios adversos. Nunca resta, sólo suma.

Sin embargo, a pesar de la multitud de beneficios que nos aporta, no siempre es fácil ser amables. No en vano, la amabilidad podría definirse como la capacidad de amar a los demás en todo momento y frente a cualquier situación, lo que supone grandes dosis de comprensión, consciencia y sabiduría. Posiblemente no seamos Ghandi, pero sí tenemos la capacidad de dejar de mirar hacia otro lado. Específicamente, a nuestra zona abdominal, y más concretamente, a nuestro ombligo. A menudo, tenemos nuestra atención tan centrada en nuestra propia vida que nos olvidamos de todo lo demás. La amabilidad nos brinda la oportunidad de ampliar nuestro marco de visión. Nos cruzamos con muchas personas cada día. El panadero, el camarero del bar donde siempre tomamos café, la dependienta de la carnicería, los vecinos de enfrente… Una simple sonrisa, una mirada directa, un por favor, un gracias, un ¿cómo va todo? Resulta suficiente para animar y conectar con la otra persona.

Eso sin olvidarnos de quienes están más cerca de nosotros. Lamentablemente, a veces la convivencia va en detrimento de nuestra amabilidad. Damos las cosas por sentadas, y no cuidamos las palabras ni la manera en la que pedimos las cosas. En muchas ocasiones, más bien exigimos. Pero esta actitud pocas veces nos acerca a los resultados que esperamos obtener. De ahí la importancia de recuperar una herramienta tan valiosa. Ponerla en práctica con nuestra pareja, nuestros padres y nuestros hijos contribuye a sanar las heridas emocionales y a construir –o reconstruir- una conexión profunda basada en el respeto, la atención plena y el auténtico interés y afecto por el otro.

“Con palabras agradables y un poco de amabilidad se puede arrastrar a un elefante de un cabello” – Proverbio Persa

A menudo, miramos el mundo en el que vivimos, retratado con crudeza en cualquier periódico o telediario, y nos invade una profunda sensación de malestar e incomodidad. Crisis, conflicto, problemas de todo tamaño, forma y color… y aunque nuestro idealista interior nos dice que podemos hacer algo para cambiar el desarrollo de los acontecimientos, solemos acallarlo con el argumento de que ‘no está en nuestras manos’. Si bien es cierto que no tenemos una varita mágica con la que transformar la realidad de un día para otro, sí tenemos la capacidad de marcar pequeñas diferencias, especialmente en el plano emocional. Nuestra vida afecta directa e indirectamente la vida de quienes nos rodean, influyendo en ellos por medio de nuestras decisiones, conductas y actitudes. En última instancia depende de nosotros contribuir a construir un mundo más amable.

Con un par de pequeños gestos podemos cambiar el día a una persona. Incluso, sin saberlo, a más de una. No en vano, la amabilidad es contagiosa. Cuando somos amables inspiramos a otros a actuar del mismo modo. Al igual que lanzar una piedra a un estanque genera ondas por toda la superficie, la amabilidad provoca una reacción en cadena de la misma magnitud. Tan sólo tenemos que preguntarnos: ¿Cómo nos sentimos cuando alguien es amable con nosotros? Lo cierto es que esos pequeños gestos afectan positivamente a nuestro estado de ánimo, y nos impulsan a ‘devolver’ esa amabilidad con otras personas. Lo único que necesitamos para iniciar esta ‘revolución amable’ es dejar de ser meros espectadores de la película de nuestra vida y comenzar a actuar. ¿A qué estamos esperando para expandir la ‘epidemia de la amabilidad’?

( Es un artículo de Irene Orce, periodista y divulgadora especializada en temas de psicología, coaching y desarrollo personal. Foto © Rosana Calvo )

¿Dónde se esconde la seguridad?

Un gran artículo de Irene Orce para La Vanguardia sobre las inseguridades y cómo luchamos con todas nuestras fuerzas contra ellas olvidándonos de que la seguridad es una ilusión y de que la vida es incierta…

Rosana Calvo Diéguez

“Cualquier sociedad que renuncie a un poco de libertad para ganar un poco de seguridad no merece ninguna de las dos cosas”, Benjamin Franklin

La vida es incierta. Esta afirmación puede resultar incómoda, pero su veracidad es incuestionable. Tan sólo tenemos que observar lo que sucede a nuestro alrededor, leer la prensa o encender el televisor para verificarla. Sin embargo, el instinto de supervivencia del ser humano lucha con todas sus fuerzas contra esta evidencia. De ahí nuestra necesidad de tener el máximo grado de control posible sobre todo lo que sucede en nuestra existencia.

En un fallido intento de sepultar la incertidumbre, solemos pretender que la realidad se adapte a nuestras necesidades y expectativas. Queremos que las cosas sean como deseamos, esperamos y planeamos. Y solemos frustrarnos e incluso enfadarnos cada vez que surgen imprevistos, contratiempos o adversidades. Lo cierto es que los seres humanos somos animales de costumbres. Y demasiado a menudo, nuestra necesidad de saber qué, cómo y cuándo van a suceder las cosas nos lleva a tomar el camino más estable y ‘seguro’, aunque no sea el que nos genere mayor bienestar interno.

En general, nos gusta crear y preservar nuestra propia rutina. Así, estudiamos una carrera universitaria que nos garantice salidas profesionales. Trabajamos para una empresa que nos haga un contrato indefinido. Solicitamos una hipoteca al banco para comprar y tener un piso en propiedad. Y más tarde, un plan de pensiones para no tener que preocuparnos cuando llegue el día de nuestra jubilación. En definitiva, optamos por un estilo de vida estrictamente planificado y, en principio, carente de riesgo. Y todas estas decisiones las tomamos en nombre de laseguridad.

La cultura del miedo

“Si quieres seguridad total, ve a la cárcel. No tendrás que preocuparte por la alimentación, la vestimenta, la atención médica… Sólo te faltará la libertad”, Dwight Eisenhower

Sin embargo, este tipo de comportamiento pone de manifiesto que, en general, nos sentimos profundamente indefensos e inseguros. Vivimos bajo la tiranía del miedo. De hecho, nos aterra todo aquello que no podemos controlar. A lo largo de nuestra existencia, los seres humanos desarrollamos infinidad de temores, entre los que destacan el miedo a la muerte, al rechazo, a la soledad, al fracaso, a la pérdida y al cambio. Estos temores toman forma en nuestro diálogo interno, y se sostienen sobre nuestro sistema de creencias. Consciente o inconscientemente, influyen en nuestra toma de decisiones y determinan nuestro estilo de vida.

Si aspiramos a dejar de vivir encarcelados por la inseguridad y el temor, tenemos que empezar por dejar de centrar nuestra atención en todo aquello que no depende de nosotros. El primer paso para lograrlo es entrenar el músculo de la confianza, el único antídoto eficaz contra el miedo. De este modo, podremos comenzar a orientar nuestra atención hacia aquello que sídepende de nosotros: la actitud que tomamos frente a las circunstancias, es decir, aquello que está dentro de nuestra área de  influencia.

Por más que nos cueste de reconocer, la mayoría de seres humanos no sabemos convivir con la incertidumbre inherente a nuestra existencia. Paradójicamente, si bien tratar de tener el control nos genera tensión, soltarlo nos produce todavía más ansiedad. De ahí que muchos estemos atrapados en esta desagradable disyuntiva. Así, cuanto más ‘inseguros’ nos sentimos por dentro, más tiempo, dinero y energía invertimos para ‘asegurar’ nuestras circunstancias externas.

Sin embargo, depende de nosotros dar lo mejor de nosotros mismos frente a cada situación, haciéndonos responsables de nuestra propia vida. Vencer al miedo requiere coraje. Conectamos con el valor cuando vivimos en coherencia con nuestros propios valores, sin duda alguna, el alimento que más nutre nuestra confianza. De ahí la importancia de descubrir quiénes somos y comprometernos con nuestro desarrollo personal. Vivir con coraje nos lleva a salir de la cárcel de nuestra mente. Y nos ayuda a derribar la coraza que hemos tejido con nuestros temores y carencias para ‘protegernos’ y sentirnos ‘seguros’. Esto nos permite tomar decisiones en consonancia con nuestros verdaderos sueños, más allá del miedo y de la necesidad de control.

La trampa de la mente

“Existe al menos un rincón del universo que con toda seguridad puedes mejorar, y eres tú mismo”, Aldous Huxley

Los seres humanos tenemos tendencia a relacionar la seguridad con el confort material, la estabilidad emocional y el control sobre nuestras circunstancias. Sin embargo, ¿qué es la seguridad? ¿Dónde habita? Según los filósofos y los psicólogos, se esconde en nuestro sistema de creencias, que a su vez condiciona nuestra percepción de la realidad.

El quid de la cuestión es que dado que la seguridad externa es una ilusión psicológica, nos estamos aferrando a un estilo de vida rutinario a cambio de una falsa sensación de estabilidad y protección. Sobretodo porque es imposible saber lo que nos va a ocurrir mañana, y mucho menos tener garantías absolutas de que nuestro ‘plan existencial’ se desarrollará tal y como lo hemos diseñado.

Es interesante señalar que la inseguridad se ha convertido en uno de los cimientos psicológicos sobre los que hemos construido la sociedad contemporánea. De ahí que la ‘seguridad nacional’ sea uno de los conceptos más utilizados por los dirigentes políticos. Curiosamente, la palabra ‘seguridad’ tiene como raíz etimológica el vocablo latino ‘securitas’, que significa “sin temor ni preocupación”. Es decir, que la verdadera seguridad no está relacionada con nuestras circunstancias externas, las cuales están regidas por leyes naturales que nos son imposibles de gobernar y controlar. Se trata, más bien, de un estado emocional interno que nos permite vivir sin miedo, liberándonos de nuestra arraigada obsesión por pensar en potenciales amenazas y peligros futuros.

La libertad asusta, pues implica abrazar la inseguridad inherente a nuestra existencia. Eso sí, si aspiramos a ser verdaderamente libres, no está de más recordarnos de vez en cuando que la vida es… incierta.

Sal con una chica que no lee / Sal con una chica que lee

Rosana Calvo Diéguez

Sal con una chica que no lee (Por Charles Warnke)

Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.

Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza.

No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.

Sal con una chica que lee (Por Rosemary Urquico)

Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.

Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.

Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.

Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella.

Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace.

Por lo menos tiene que intentarlo.

Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo.

Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos.

¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la sagaCrepúsculo.

Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.

Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.

Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas.

Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.

O mejor aún, a una que escriba.

La importancia de decir no

“No hay mayor esclavitud que decir sí cuando se quiere decir no”, Baltasar Gracián

La palabra ‘no’ es tan escueta como poderosa. Dos letras que, unidas, se convierten en una de las combinaciones más temidas de nuestro vocabulario. Su simple mención basta para destruir sueños, romper corazones y demoler expectativas. Está íntimamente relacionada con el rechazo, y cuando se escapa de nuestros labios, tiene la capacidad de convertirnos en auténticos villanos a ojos de los demás. Pero paradójicamente, es también la partícula que nos permite establecer límites, marcar distancias, ajustar nuestros tempos y respetar nuestras necesidades. Y en demasiadas ocasiones, nos cuesta horroresverbalizarla. Cuando nos piden un favor, cuando el jefe nos ‘invita’ a que nos quedemos unas horas más, cuando nuestra pareja nos abruma con sus demandas…la gestión del ‘no’ es una auténtica pesadilla para miles de seres humanos. Y es un reto al que nos enfrentamos a diario.

Vivimos en una cultura de agradadores, en la que el peso de la imagen y el qué dirán en muchas ocasiones supera al de nuestras propias necesidades e inquietudes. De ahí que a menudo nos sintamos culpables cuando decimos que ‘no’ a algo o a alguien. Es más, es una respuesta que solemos posponer lo máximo posible, adornándola a menudo con todo tipo de excusas y disculpas. En este escenario no resulta extraño que lleguemos incluso a mentir, inventándonos compromisos inexistentes para cancelar citas o eventos a los que no nos apetece acudir. Todo ello en aras de “no hacer sentir mal” a esa otra persona. O eso nos decimos a nosotros mismos. Si nos atrevemos a ahondar un poco más allá, veremos que la realidad del asunto es que no sabemos cómo enfrentarnos a la crudeza del ‘no’. Tememos la reacción del otro ante nuestra negativa, su ira, sudescontento…pero sobretodo, tememos descubrir de qué manera afectará nuestra respuesta a la imagen que esa persona tiene de nosotros.

Evitamos decir ‘no’ para no alterar la supuesta armonía existente en nuestras relaciones, en las que buscamos valoración, afecto y respeto. Pero hay quien lleva esta tendencia al extremo, viviendo como un auténtico conflicto la posibilidad de verbalizar una negativa. Por lo general, esta conducta tiene que ver con una falta de autoestima y una excesiva necesidad de ser aceptado por los demás. Y se trata de una espiral de la que resulta muy difícil escapar. Pero no decir nunca que no también termina por pasarnos factura. Al fin y al cabo, resulta algo tan natural como necesario. Negarnos a hacer un favor no siempre tiene que ver con una actitud egoísta. No se trata de ser insensibles ante las necesidades de los demás, sino de comprender que en la medida que atendamos nuestras propias necesidades seremos más capaces de dar lo mejor en las situaciones en las que los demás requieran nuestra colaboración.

Cómo construir límites
“Lo más importante que aprendí a hacer después de 40 años fue a decir no cuando es no”, Gabriel García Márquez

La gestión del ‘no’ comienza a una edad muy temprana. De hecho, la primera vez que esta palabra se escapa de nuestros labios solemos contar con unos dos años de vida. En ese momento comienza una etapa de reafirmación, por la que pasamos todos, en la que ponemos a prueba la paciencia de nuestros progenitores. El primer ‘no’ es un canto a la independencia, fruto del proceso de descubrimiento de uno mismo. Surge en el momento en el que aprendemos a valorar todo aquello que las personas de nuestro entorno nos dicen, y en un momento determinado nos rebelamos, utilizando tan escueta palabra como medio para articular el rechazo, la diferencia que hay entre lo que nosotros queremos y lo que los demás nos exigen. Así, la evolución del ‘no’ nos guía en el arduo proceso de descubrir y relacionarnos con el mundo que nos rodea. Nace de la necesidad de probar los límites de nuestro entorno, y nos acompaña en ese camino repleto de disyuntivas al que llamamos vida. Se trata de una partícula compleja: no hay que olvidar que negar una cosa implica afirmar otras muchas, y viceversa. Al fin y al cabo, saber lo que no se quiere es el primer paso para averiguar lo que realmente se desea.

Lo cierto es que decir ‘no’ es la mejor manera de poner límites, bien sea en nuestro círculo personal o en nuestro entornoprofesional. Aunque no solemos prestarles demasiada atención, los límites son un elemento crucial que influye en todas nuestras relaciones. Están íntimamente vinculados a nuestra identidad y a nuestra integridad, pues marcan la pauta de hasta dónde estamos dispuestos a llegar en una temática o situación determinada. Y los ponemos en jaque cada vez que sentimos que deberíamos decir que no y nos reprimimos. De hecho, al no respetar nuestros propios límites estamos invitando a los demás a que tampoco lo hagan. De ahí la importancia de cuestionarnos hasta dónde estamos dispuestos a llegar paracomplacer a los demás.

Si no ponemos freno a conductas desagradables, destructivas o abusivas de las personas de nuestro entorno estamos dando luz verde para que continúen. Tenemos el derecho de no aceptar ciertas peticiones o demandas, independientemente de quién las formule. Muchas veces no ponemos límites porque no sabemos con certeza cuáles serían los resultados positivos que podríamos obtener si lo hiciéramos. Lo único que tenemos claro son los problemas que padecemos por no hacerlo y el malestar constante que nos acarrea. Esta inercia nos va llevando a olvidarnos de nosotros mismos, arrastrándonos hasta el punto de perder la capacidad de construir una realidad que sea realmente coherente con la persona que somos.

Cuestión de confianza
“Los límites que marcan nuestra vida no son los que nos ponen los demás, sino los que aprendemos a poner nosotros mismos”, Byron Katie

Llegados a este punto, tal vez merezca la pena reflexionar sobre las potenciales consecuencias positivas de practicar el no. ¿Qué lograríamos? ¿Cómo nos sentiríamos? ¿De qué manera influiría en nuestra vida y en nuestras relaciones? La clave para liberarnos del malestar y la ansiedad que nos genera decir ‘no’ radica en trabajar el cómo. Por supuesto, cada situación es diferente, y en este escenario no caben generalizaciones. Pero lo que sin duda resulta útil es sumar recursos para no volver a caer en la permanente tendencia a ceder ante las peticiones ajenas. En primer lugar, en vez de repetirnos constantemente las mil razones por las que no podemos –o debemos–decir que no, podemos centrarnos en aprender a decirlo de manera que nuestro interlocutor pueda entenderlo y aceptarlo sin acritud. Incluso si se trata de nuestro jefe. El primer paso para lograrlo es tener claras nuestras prioridades. Tener presente aquello que es auténticamente importante para nosotros nos ayuda a definir en qué queremos invertir nuestro tiempo y contribuye a dar solidez a nuestros argumentos. Si nos atrevemos a valorar nuestro tiempo, nuestras necesidades y nuestras inquietudes seremos capaces de minimizar el titubeo y el conflicto interno que nos genera el inquietante ‘no’.

Por otra parte, la forma tiene un papel fundamental para gestionar la comunión de estas dos letras. Cuidar las palabras que utilizamos, con el máximo respeto como guía, suele ser garantía de que el intercambio con nuestro interlocutor termineamigablemente. Cabe recordar que no existe ninguna necesidad de justificarnos en exceso. Resulta innecesario adornar en demasía una negativa, incluso puede llegar a sonar falsa, lo que terminará por debilitar nuestra posición. Una buena técnica es, simple y llanamente, decir no y añadir a continuación la razón principal del por qué. A menudo lo más efectivo es lo más directo y honesto, como un “lo siento, pero me temo que no puedo aceptar” o “en estos momentos me resulta imposible” como respuesta.

Si nos damos la oportunidad de poner en práctica estas fórmulas, posiblemente nos encontraremos con que la respuesta de los demás suele ser positiva, lo que supone que la mayoría de los conflictos que tenemos con decir ‘no’ los creamos nosotros con nuestra tendencia a preocuparnos y a anticipar acontecimientos. En lo concerniente al ‘no’, nosotros somos nuestro mayor enemigo. De ahí la importancia de hacer un ejercicio de honestidad y apostar por ser más auténticos en nuestra gestión de esta palabra. Para muchos, decir no es la cima de la autoestima. Al fin y al cabo, esta pequeña y poderosa partícula nos ayuda a sumar en respeto… y crecer en libertad.

Irene Orce

Las olas

Rosana Calvo Diéguez

El mar sólo es un conjunto de olas sucesivas, igual que la vida se compone de días y horas, que fluyen una detrás de otra. Parece una división muy sencilla, pero esta operación, incorporada a la mente, ha salvado del naufragio a innumerables marineros y ha ayudado a superar en tierra muchas tragedias humanas.

Recuerdo haberlo leído, tal vez, en alguna novela de Conrad. Si en medio de un gran temporal el navegante piensa que el mar encrespado forma un todo absoluto, el ánimo sobrecogido por la grandeza de la adversidad entregará muy pronto sus fuerzas al abismo; en cambio, si olvida que el mar es un monstruo insondable y concentra su pensamiento en la ola concreta que se acerca y dedica todo el esfuerzo a esquivar su zarpazo y realiza sobre él una victoria singular, llegará el momento en que el mar se calme y el barco volverá a navegar de modo placentero.

Como las olas del mar, los días y las horas baten nuestro espíritu llevando en su seno un dolor o un placer determinado que siempre acaba por pasar de largo.

Cuando éramos niños desnudos en la playa no teníamos conciencia del mar abstracto sino del oleaje que invadía la arena y contra él se establecía el desafío. Cada ola era un combate. Había olas muy tendidas que apenas mojaban nuestros pies y otras más alzadas que hacían flotar nuestro cuerpo; algunas llegaban a inundarnos por completo con cierto amor apacible, pero, de pronto, a media distancia de nuestro pequeño horizonte marino aparecía una gran ola muy cóncava adornada con una furiosa cresta de espuma que era recibida con gritos sumamente excitados. Los niños nos preparábamos para afrontarla: los más audaces preferían atravesarla clavándose en ella de cabeza, otros conseguían coronarla acomodando el ritmo corporal a su embestida y quienes no veían en ella una lucha concreta sino un peligro insalvable quedaban abatidos y arrollados. Con cuanto placer dormía uno esa noche con los labios salados y el cuerpo cansado, abrasado de sol pero no vencido.

La práctica de aquellos baños inocentes en la orilla del mar es la mejor filosofía para sobrevivir a las adversidades. El infinito no existe, el abismo sólo es un concepto. Las pequeñas tragedias de cada día se componen de olas que baten el costado de nuestro navío. La única sabiduría consiste en dividir la vida en días y horas para extraer de cada una de ellas una victoria concreta sobre el dolor y una culminación del placer que te regale. Una sola ola es la que te hace naufragar. De esa hay que salvarse.

Manuel Vicent