Muir Song · John Muir

 

“The sun shines not on us but in us. The rivers flow not past, but through us. Thrilling, tingling, vibrating every fiber and cell of the substance of our bodies, making them glide and sing. The trees wave and the flowers bloom in our bodies as well as our souls, and every bird song, wind song, and tremendous storm song of the rocks in the heart of the mountains is our song, our very own, and sings our love.” (John Muir) 

 

 

“En cada paseo por la naturaleza, el hombre recibe mucho más de lo que busca”

 

John Muir (Escocia 1938 – Los Ángeles 1914)  fue un prolífico naturalista que escribió más de 300 artículos y 10 libros, donde narró sus viajes y exploraciones, y expuso y defendió su filosofía sobre la naturaleza, la vida salvaje y la preservación de los grandes espacios. Fue, además, el fundador del “Sierra Club” el primer grupo conservacionista de la Historia en 1892.

(Más sobre John Muir en texto AQUÍ, y en vídeo AQUÍ)

 

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Je demande · Risto Mejide

A la vida hay que exigirle mucho. A la vida hay que exigirle bien. Porque no te preocupes que ella ya se ocupará de exigirte a ti cuando menos te lo esperes y por la razón más insospechada. Un día sales de casa y búm. Un día vuelves de un chequeo rutinario y zas. Un día coges el coche y pam. Es siempre más tarde de lo que te crees. Cualquier día te cambian las reglas de este juego al que llamamos vida, y lo hacen sin que nadie te pida permiso y sin avisar. Así que plantéatelo ahora o atente a las consecuencias. Porque puede que jamás exista un espérate, porque puede que para ti no haya previsto un después.

Por eso, yo exijo. Exijo sentir cosas todos los días. Buenas, malas y regulares. Todas y cada una de ellas. Me da igual. Miedo, asco, rabia, ira, sorpresa, alegría y tristeza. Porque un día sin emociones es un día perdido. Y porque ahí donde la emoción manda, es siempre donde ocurren las cosas, es donde yo exijo estar.

Yo exijo. Exijo no pasar ni un sólo día sin estar enamorado. No hablo de estar acomodado. Ni de dejarme simplemente llevar por la inercia. No. Exijo mariposas todos los días. Y exijo también a alguien a mi lado que las quiera mantener más allá de lo razonable, más allá de lo racional. Alguien que esté dispuesta a dejarse la vida en el intento. Y que quiera casarse cada día conmigo. Y que lo demuestre en cada tempestad. Exijo que se lo curre tanto o más que yo. Y si no, no me vale la pena ni el simple hecho ya no de estar en pareja, sino de respirar. Ah y una cosa más. Exijo que la prudencia se tome vacaciones eternas conmigo. Porque jamás me ha garantizado nada el hecho de ir poco a poco. Ni me ha hecho más feliz. Exijo que deponga sus armas hasta que me asegure que mientras yo sea prudente, nada de lo que me gusta se va a terminar.

Yo exijo. Exijo viajar hasta que el cuerpo aguante. Cada rincón del planeta esconde algo o alguien que tiene algo que enseñarme, cada kilómetro recorrido es otra lección de la que aprender. Soy consciente de que hay casi doscientos países en el mundo, y que yo habré visto siempre muy pocos, con mucha suerte llegaré a conocer la mitad. Y sobre todo, lo más importante, habré estado siempre en menos de los que visité. Un destino es una oportunidad para reencontrarse. Un hogar es donde vacías tus maletas. Y un origen es donde dejas que crezcan los recuerdos. Por eso, por mucho que te alejes, ellos se crecen más.

Yo no exijo un trabajo, exijo dejar de tener las sensación de trabajar. Porque es entonces cuando te estás dedicando a lo que realmente te gusta. Porque es entonces cuando realmente puedes llegar a ser bueno, o como mínimo, a poderlo disfrutar. Cuando el ocio deja de ser la negación del negocio. Cuando los lunes dejan de ser un suplicio, para convertirse en el único día de la semana al que quieres llegar. Lo antes posible, o sea, ya. No concibo ni un sólo día de mi existencia dedicado a algo que no merezca mi tiempo, mi vida, mi sacrificio, mi dedicación profesional.

Pero es que yo exijo también conversaciones. Conocer gente que me aporte algo interesante. Dejar de perder el tiempo con historias tóxicas y desgastadas. Exijo una vida sin capullos, sin mediocres, sin gilipollas, que ya tengo bastante conmigo. Y ponerme a sumar. Siempre sumar. Cada vez me queda menos tiempo para desperdiciar. Así que me he vuelto muy exigente con el tiempo que le dedico a cualquier prójimo. No porque no lo merezcan, o porque yo me crea especial. No tiene nada que ver con eso. Sino con la sensación de unicidad, de que esto que puedo vivir hoy tiene fecha de caducidad. Cada minuto que te dedico, se lo estoy quitando a los demás. Así que me tiene que valer la pena. Algo me tiene que aportar. Dejarse de tonterías e ir al grano. No es una pose. Es una obsesión por aprovechar cada oportunidad.

Y ya puestos a exigir, yo exijo luz de luna. Como Chavela. Pero no sólo para mis noches tristes. Para las alegres, también. Y exijo que el sol vuelva a salir por donde quiera. Porque si sale siempre por el mismo sitio, te juro que pillo la pistola de Saza y me lío a tiros como él.

Yo le exijo todo esto a la vida.

Y lo más importante, como sé que no está en sus planes proporcionármelo, no pienso quedarme de brazos cruzados esperando a que me lo facilite.

Lo pienso ir a buscar.

JE DEMANDE es un artículo de RISTO MEJIDE publicado aquí. Además de en su web, podéis seguirlo en Facebook y Twitter. Suele decir cosas con mucho sentido.

Denali · Ben Moon

Había un científico realmente inteligente que pensaba que la gente podía aprender mucho de los perros. Dijo que cuando alguien que quieres entra por la puerta, incluso si pasa cinco veces al día, deberías volverte loco de alegría. Ben Moon lo aprendió de Denali, y así quiso transmitírnoslo…

Maravillosos casi 8 minutos de amor verdadero…

Credits:  Ben Moon

Denali - Ben Moon

Todos los días amanece · Pepe Mújica

Estamos navegando en un barquito que se llama Tierra. Tiene en sus entrañas el milagro de la vida y da vuelta por el Universo. Tenemos que hacernos responsables de la vida y de la suerte de ese barquito. Es como si estuviéramos navegando en un gigantesco océano del cual tenemos que temer y después nos tenemos que defender. Dentro del barquito tenemos que tener unidad en la tripulación para manejarlo con el mayor oficio. Esto es el destino de la humanidad. ¿Lo podrá hacer? Yo no sé. Esto no es sencillo, porque los gobiernos están ocupados en quién gana en las elecciones que vienen. Los problemas de la humanidad no conmueven a nadie, en todo caso, son la preocupación de algunos hombres de ciencia que nos dicen tal o cual cosa, pero no sacuden el mundo. Y mientras la feria continúa (…).

Creo que nunca ha habido una época tan portentosamente revolucionaria para la humanidad como ésta. Nunca la humanidad tuvo los recursos que tiene hoy. Y esto es bueno que se lo ponga en la cabeza como interrogante la gente joven. No hay lugar para el pesimismo, no hay lugar para la aventura. Hay lugar para el compromiso. A los seres humanos no hay que dividirlos en hombres y en mujeres, en jóvenes y viejos, en raza, en amarillos, en negros. A los seres humanos hay que dividirlos en dos tipos: los que se comprometen y los que no se comprometen (…).

Se puede vivir porque se nació y es una forma vegetativa de vivir, como cualquier animal, como cualquier bicho. Pero se puede vivir porque a la vida se le da un sentido, se le da hasta cierto punto una orientación. No vivimos sólo porque nacemos. Podemos darle una orientación, hasta cierto punto en términos relativos, al esfuerzo de nuestra vida y tenemos que convocar a los jóvenes, a los que están haciendo, a que no hay derecho a tener desesperanza, no hay derecho a ser pelotudo en este mundo. A levantarse a las once de la mañana porque no tengo nada que hacer. A desesperanzarse porque no conseguí esto o no conseguí el otro. Nunca le regalaron nada a la juventud, la juventud se abre paso a codazos en la lucha por la vida (…).

Ese es el pedido que le quiero hacer a la gente joven porque tiene un enorme desafío, pero se lo digo en mi nombre y en el de otros luchadores viejos, de mi vieja y de otros. Mirarse al espejo y sentir la sensación de que uno no traicionó los sueños. Ha seguido luchando y luchando, y está comprometido con la verdad y tener alegría de vivir. A tal punto que si me tocara vivir de vuelta le diría pulpero sírveme otra vuelta porque esta vida es hermosa. Yo no concuerdo con eso de que esto es un valle de lágrimas para ir al paraíso. No te pelo con eso. El paraíso y el infierno están acá. Depende de nosotros (…).

Pelear por un país de gente feliz y pelear por gente que tenga libertad. Que tenga un margen de tiempo libre para hacer con su vida lo que le gusta, sin joder a nadie. Eso es ser feliz. Mirá que es sencillo. Si tenés muchas cosas, ya te viene la envidia. La necesidad de refregarle a otro que sos más poderoso. Y comprarse un vino de cinco mil dólares la botella para que el otro te envidie. Y decir: este vino me costó cinco mil dólares. O te comprás un auto que te cueste un ojo de la cara, pero no importa, caes en toda una aparatosidad de poder porque te dejás llevar por una cultura que significa que te reafirmás más como persona si le demostrás al otro que sos superior. No. No vamos a tener jamás un mundo mejor si nosotros no somos capaces de ir peleando por ser mejores cada uno de nosotros.

Y esta es una lucha que la tenemos adentro y podemos, y vaya que podemos, y debemos pelear con este que tenemos adentro. Pero tenemos que entender esto: nada cae del cielo como regalo de los dioses de un día para otro. Así como un edificio se va construyendo a bloquecito y a ladrillo y cuesta mucho esfuerzo, disciplina y tecnología, la mejora de una sociedad no es sólo un día, no es sólo un empujón, es una larga marcha. Es el colectivo que hay que construir, y para construir el colectivo hay que recordar que nadie es más que nadie y que estamos llenos de defectos (…).

La vida me enseñó, justo lo que dijo Lucía, los únicos derrotados son aquellos que bajan los brazos, que no luchan. En todos los órdenes de la vida, no solo estoy hablando en el campo de la política y la economía, en el campo del amor, en el campo de las relaciones humanas, siempre estás expuesto a sufrir porrazos y derrotas, pero siempre, si tienes el coraje de volver a empezar, te darás cuenta de que todos los días amanece. Y que todos los días se puede arrancar de nuevo.

(Fragmento del discurso del ex presidente de Uruguay, Pepe Mújica, en el auditorio de Hostafrancs, en Barcelona, recogido íntegramente por Raíces al aire en Blog Raices al aire)

Respira

De la importancia de respirar para controlar nuestras emociones…

“Se cuenta que un niño estaba siempre malhumorado y cada día se peleaba en el colegio con sus compañeros. Cuando se enfadaba, se abandonaba a la ira y decía y hacía cosas que herían a los demás niños. Consciente de la situación, un día su padre le dio una bolsa de clavos y le propuso que,cada vez que discutiera o se peleara con algún compañero,clavase un clavo en la puerta de su habitación. El primer día clavó treinta y tres. Terminó agotado, y poco a poco fue descubriendo que le era más fácil controlar su ira que clavar clavos en aquella puerta. Cada vez que iba a enfadarse se acordaba de lo mucho que le costaría clavar otro clavo, y en el transcurso de las semanas siguientes, el número de clavos fue disminuyendo. Finalmente,llegó un día en que no entró en conflicto con ningún compañero. Había logrado apaciguarsu actitud y su conducta. Muy contento porsu hazaña,fue corriendo a decírselo a su padre, quien sabiamente le sugirió que cada día que no se enojase desclavase uno de los clavos de la puerta. Meses más tarde, el niño volvió corriendo a los brazos de su padre para decirle que ya había sacado todos los clavos.Le había costado un gran esfuerzo. El padre lo llevó ante la puerta de la habitación. “Te felicito”,le dijo. “Pero mira los agujeros que han quedado en la puerta” (Del texto “Dominar las emociones”, de Irene Orce)

Respirar para controlar las emociones…y respirar para sentirse vivo (“Breath“)

Breath

“La vida no te está esperando en ninguna parte, te está sucediendo. No se encuentra en el futuro como una meta que has de alcanzar, está aquí y ahora, en este mismo momento, en tu respirar “(Osho)

Tres minutos de respiraciones…tres minutos para ser conscientes de nuestra respiración…de esa fuerza invisible que, pese a pasar siempre tan desapercibida, nos permite ser todo lo que somos y hacer todo lo que hacemos. Tres minutos para la reflexión, sin palabras, de mano de Daniel Mercadante, de The Mercadantes. Tres minutos para pararse y respirar.

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El gen de la amabilidad · Irene Orce

Me gustan especialmente las personas amables. Sobre todo las que son amables casi sin darse cuenta, con pocas palabras y pequeños gestos, de esos que pasan casi inadvertidos, que parece que no significan nada, y que lo son todo.

Me gustan las personas amables, y no porque sean amables conmigo -que también-, sino porque de una forma casi inconsciente me hacen ser amables con ellas, y eso es algo que me hace sentir genial.

A esas personas suelo decirles “gracias”. Gracias por la ayuda, por las palabras amables, por ser como son…cuando en realidad debería decirles gracias por hacerme mejor persona. No se lo digo, pero espero que lo sepan.

Hoy ha sido un día de esos “amables”, con personas amables, y he recordado uno de esos artículos de Irene Orce que tanto me gustan. Se titula El gen de la amabilidad. Y dice así :

“Hay tres cosas importantes en la vida: ser amable, ser amable y ser amable”, Henry James

La amabilidad se encuentra en peligro de extinción. Y posiblemente nunca haya existido una decadencia más inmerecida. En nuestro afán por aprovechar el tiempo, lograr nuestros objetivos, cumplir con todo lo que se espera de nosotros y atender nuestras muchas obligaciones, dejamos a un lado todo lo que no consideramos ‘esencial’. Acortamos las cortesías y vamos directos al grano. A menudo nos encerramos tanto en nuestro mundo que no ‘vemos’ a las personas con las que nos cruzamos o con las que conversamos. Sólo somos capaces de ver lo que necesitamos de ellas. Y si no tienen algo que sea de nuestro interés, ni siquiera les dedicamos un segundo vistazo. En este escenario, no resulta extraño que, por lo general, la amabilidad haya caído en desuso.

No en vano, la amabilidad requiere tiempo y consume atención. La urgencia y el egocentrismo nos hacen priorizar otras cosas, que consideramos “más importantes”. Pero en el camino perdemos algo muy valioso, y mucho más trascendente: la auténtica conexión con otro ser humano. La amabilidad es el vehículo que lo hace posible. Tal vez sea un vehículo antiguo, pero no por ello deja de resultar útil. Y en la cultura de la inmediatez en la que vivimos, resulta más necesario que nunca. Eso sí, la auténtica amabilidad va más allá de la pose y el decoro, de la norma social y la educación convencional. No se trata de fórmulas de cortesía recitadas como una poesía, poniendo más énfasis en la forma que en el contenido. Eso forma parte de nuestro personaje social.

La amabilidad genuina nos recuerda la importancia de ir más allá de nosotros mismos, y nos enseña a mostrar interés real por otras personas. No se trata de un mero intercambio de información: las palabras amables están cuajadas de afecto. Son una muestra de aprecio, estima, simpatía y respeto. Una serie de cualidades que nunca sobra cultivar. Además, esta conjunción de empatía, comprensión y generosidad nos permite abrir tanto la mente como el corazón. Y nos brinda la oportunidad de hacer pequeños gestos que pueden marcar grandes diferencias. Tal vez sea el momento de verificar cuán amables nos mostramos en nuestro día a día.

“La amabilidad es una almohadilla que amortigua los embates de la vida” – Arthur Schopenhauer

Para algunos, ser amable a veces suele interpretarse como una transacción tediosa, un signo de sumisión o incluso de debilidad. Hay quienes lo consideran innecesario, y también quienes reducen la amabilidad a las interacciones con las personas que conocen poco, y la olvidan por completo cuando están con las personas de su círculo más cercano. Pero la realidad es que la amabilidad requiere de un profundo compromiso y comprensión de la naturaleza humana. La evidencia sostiene que se trata de un comportamiento adaptativo, que ha resultado fundamental para construir el mundo en el que vivimos hoy. Es una respuesta integrada en nuestro código genético como resultado del proceso evolutivo.

En una época en la que los recursos eran escasos y las condiciones de vida resultaban a menudo extremas, la mejor opción para ver un nuevo día era la cooperación con otros seres humanos. Lo cierto es que cuanto más poderosos eran los vínculos entre varias personas o grupos, mayores eran las posibilidades de asegurar su supervivencia. Mejoraba las oportunidades de cazar, de protegerse de los depredadores y de construir refugios.Y la empatía jugaba un papel protagonista en ese escenario, pues fomentaba y fortalecía esos vínculos. El pasar de los años refinó nuestra manera de interactuar y de exteriorizar nuestras emociones y pensamientos, y aprendimos a expresar esa empatía a través de la amabilidad. Es lo que explica por qué a día de hoy nuestro instinto nos lleva a saltar inmediatamente de nuestra silla para ayudar cuando alguien se cae al suelo o nos paramos a echar una mano cuando presenciamos un choque en la carretera. La evolución incluyó el ‘gen amable’ en nuestra especie hace miles de años. Somos seres sociales, y este instinto nos ayuda a desarrollar esa dimensión necesaria en nuestra vida. Nuestros ancestros aprendieron esa valiosa lección a conciencia, era una necesidad. Eso es algo que al parecer hemos olvidado… Pero nunca es tarde para recordar.

La amabilidad afecta a las relaciones del mismo modo que una dosis de suavizante en la colada.Hace las cosas fáciles, incluso las palabras fluyen con menos esfuerzo. Además, mejora el estado de ánimo de quien la ofrece y de quien la recibe. Es capaz de convertir un ambiente hostil en uno armonioso. Agrieta las corazas más impenetrables y aligera las situaciones más complicadas. Eso sucede porque reduce la distancia emocional entre dos personas y nos hace sentir más vinculados al otro. Cuando somos amables los unos con los otros sentimos una conexión que mejora y profundiza las relaciones nuevas y refuerza las que ya tenemos. Por si fuera poco, es una de las pocas cosas que podemos poner en práctica cada día sin tener que estar pendientes de posibles contraindicaciones ni efectos secundarios adversos. Nunca resta, sólo suma.

Sin embargo, a pesar de la multitud de beneficios que nos aporta, no siempre es fácil ser amables. No en vano, la amabilidad podría definirse como la capacidad de amar a los demás en todo momento y frente a cualquier situación, lo que supone grandes dosis de comprensión, consciencia y sabiduría. Posiblemente no seamos Ghandi, pero sí tenemos la capacidad de dejar de mirar hacia otro lado. Específicamente, a nuestra zona abdominal, y más concretamente, a nuestro ombligo. A menudo, tenemos nuestra atención tan centrada en nuestra propia vida que nos olvidamos de todo lo demás. La amabilidad nos brinda la oportunidad de ampliar nuestro marco de visión. Nos cruzamos con muchas personas cada día. El panadero, el camarero del bar donde siempre tomamos café, la dependienta de la carnicería, los vecinos de enfrente… Una simple sonrisa, una mirada directa, un por favor, un gracias, un ¿cómo va todo? Resulta suficiente para animar y conectar con la otra persona.

Eso sin olvidarnos de quienes están más cerca de nosotros. Lamentablemente, a veces la convivencia va en detrimento de nuestra amabilidad. Damos las cosas por sentadas, y no cuidamos las palabras ni la manera en la que pedimos las cosas. En muchas ocasiones, más bien exigimos. Pero esta actitud pocas veces nos acerca a los resultados que esperamos obtener. De ahí la importancia de recuperar una herramienta tan valiosa. Ponerla en práctica con nuestra pareja, nuestros padres y nuestros hijos contribuye a sanar las heridas emocionales y a construir –o reconstruir- una conexión profunda basada en el respeto, la atención plena y el auténtico interés y afecto por el otro.

“Con palabras agradables y un poco de amabilidad se puede arrastrar a un elefante de un cabello” – Proverbio Persa

A menudo, miramos el mundo en el que vivimos, retratado con crudeza en cualquier periódico o telediario, y nos invade una profunda sensación de malestar e incomodidad. Crisis, conflicto, problemas de todo tamaño, forma y color… y aunque nuestro idealista interior nos dice que podemos hacer algo para cambiar el desarrollo de los acontecimientos, solemos acallarlo con el argumento de que ‘no está en nuestras manos’. Si bien es cierto que no tenemos una varita mágica con la que transformar la realidad de un día para otro, sí tenemos la capacidad de marcar pequeñas diferencias, especialmente en el plano emocional. Nuestra vida afecta directa e indirectamente la vida de quienes nos rodean, influyendo en ellos por medio de nuestras decisiones, conductas y actitudes. En última instancia depende de nosotros contribuir a construir un mundo más amable.

Con un par de pequeños gestos podemos cambiar el día a una persona. Incluso, sin saberlo, a más de una. No en vano, la amabilidad es contagiosa. Cuando somos amables inspiramos a otros a actuar del mismo modo. Al igual que lanzar una piedra a un estanque genera ondas por toda la superficie, la amabilidad provoca una reacción en cadena de la misma magnitud. Tan sólo tenemos que preguntarnos: ¿Cómo nos sentimos cuando alguien es amable con nosotros? Lo cierto es que esos pequeños gestos afectan positivamente a nuestro estado de ánimo, y nos impulsan a ‘devolver’ esa amabilidad con otras personas. Lo único que necesitamos para iniciar esta ‘revolución amable’ es dejar de ser meros espectadores de la película de nuestra vida y comenzar a actuar. ¿A qué estamos esperando para expandir la ‘epidemia de la amabilidad’?

( Es un artículo de Irene Orce, periodista y divulgadora especializada en temas de psicología, coaching y desarrollo personal. Foto © Rosana Calvo )

Si no te sale de dentro…no lo hagas

Si no te sale ardiendo de lo más profundo de ti, a pesar de todo, no lo hagas.

A no ser que salga espontáneamente de tu corazón, de tu mente, de tu boca, de tus entrañas, no lo hagas.

Si lo haces por dinero, o por fama, no lo hagas.

Si lo haces para llevarte a mujeres a la cama, no lo hagas.

Si te cansa solo pensar en hacerlo, no lo hagas.

Si estás intentando escribir como cualquier otro, olvídalo.

Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti, espera pacientemente, pero si nunca llega a rugir, haz otra cosa.

Si primero tienes que leerlo a tu esposa o a tu novia, o a tu novio o a tus padres, o a cualquiera, no estás preparado.

No seas pesado, y aburrido, y pretencioso. No te consumas en el amor propio. No lo hagas.

A no ser que salga de tu alma como un cohete, no lo hagas.

A no ser que el sol que hay dentro de ti esté quemando tus tripas, no lo hagas.

Cuando sea verdaderamente el momento, si has sido elegido, sucederá por sí solo. Y seguirá sucediendo hasta que mueras. O hasta que muera en ti.

No hay otro camino. Y nunca lo hubo.

I want

I want

¿Dónde se esconde la seguridad?

Un gran artículo de Irene Orce para La Vanguardia sobre las inseguridades y cómo luchamos con todas nuestras fuerzas contra ellas olvidándonos de que la seguridad es una ilusión y de que la vida es incierta…

Rosana Calvo Diéguez

“Cualquier sociedad que renuncie a un poco de libertad para ganar un poco de seguridad no merece ninguna de las dos cosas”, Benjamin Franklin

La vida es incierta. Esta afirmación puede resultar incómoda, pero su veracidad es incuestionable. Tan sólo tenemos que observar lo que sucede a nuestro alrededor, leer la prensa o encender el televisor para verificarla. Sin embargo, el instinto de supervivencia del ser humano lucha con todas sus fuerzas contra esta evidencia. De ahí nuestra necesidad de tener el máximo grado de control posible sobre todo lo que sucede en nuestra existencia.

En un fallido intento de sepultar la incertidumbre, solemos pretender que la realidad se adapte a nuestras necesidades y expectativas. Queremos que las cosas sean como deseamos, esperamos y planeamos. Y solemos frustrarnos e incluso enfadarnos cada vez que surgen imprevistos, contratiempos o adversidades. Lo cierto es que los seres humanos somos animales de costumbres. Y demasiado a menudo, nuestra necesidad de saber qué, cómo y cuándo van a suceder las cosas nos lleva a tomar el camino más estable y ‘seguro’, aunque no sea el que nos genere mayor bienestar interno.

En general, nos gusta crear y preservar nuestra propia rutina. Así, estudiamos una carrera universitaria que nos garantice salidas profesionales. Trabajamos para una empresa que nos haga un contrato indefinido. Solicitamos una hipoteca al banco para comprar y tener un piso en propiedad. Y más tarde, un plan de pensiones para no tener que preocuparnos cuando llegue el día de nuestra jubilación. En definitiva, optamos por un estilo de vida estrictamente planificado y, en principio, carente de riesgo. Y todas estas decisiones las tomamos en nombre de laseguridad.

La cultura del miedo

“Si quieres seguridad total, ve a la cárcel. No tendrás que preocuparte por la alimentación, la vestimenta, la atención médica… Sólo te faltará la libertad”, Dwight Eisenhower

Sin embargo, este tipo de comportamiento pone de manifiesto que, en general, nos sentimos profundamente indefensos e inseguros. Vivimos bajo la tiranía del miedo. De hecho, nos aterra todo aquello que no podemos controlar. A lo largo de nuestra existencia, los seres humanos desarrollamos infinidad de temores, entre los que destacan el miedo a la muerte, al rechazo, a la soledad, al fracaso, a la pérdida y al cambio. Estos temores toman forma en nuestro diálogo interno, y se sostienen sobre nuestro sistema de creencias. Consciente o inconscientemente, influyen en nuestra toma de decisiones y determinan nuestro estilo de vida.

Si aspiramos a dejar de vivir encarcelados por la inseguridad y el temor, tenemos que empezar por dejar de centrar nuestra atención en todo aquello que no depende de nosotros. El primer paso para lograrlo es entrenar el músculo de la confianza, el único antídoto eficaz contra el miedo. De este modo, podremos comenzar a orientar nuestra atención hacia aquello que sídepende de nosotros: la actitud que tomamos frente a las circunstancias, es decir, aquello que está dentro de nuestra área de  influencia.

Por más que nos cueste de reconocer, la mayoría de seres humanos no sabemos convivir con la incertidumbre inherente a nuestra existencia. Paradójicamente, si bien tratar de tener el control nos genera tensión, soltarlo nos produce todavía más ansiedad. De ahí que muchos estemos atrapados en esta desagradable disyuntiva. Así, cuanto más ‘inseguros’ nos sentimos por dentro, más tiempo, dinero y energía invertimos para ‘asegurar’ nuestras circunstancias externas.

Sin embargo, depende de nosotros dar lo mejor de nosotros mismos frente a cada situación, haciéndonos responsables de nuestra propia vida. Vencer al miedo requiere coraje. Conectamos con el valor cuando vivimos en coherencia con nuestros propios valores, sin duda alguna, el alimento que más nutre nuestra confianza. De ahí la importancia de descubrir quiénes somos y comprometernos con nuestro desarrollo personal. Vivir con coraje nos lleva a salir de la cárcel de nuestra mente. Y nos ayuda a derribar la coraza que hemos tejido con nuestros temores y carencias para ‘protegernos’ y sentirnos ‘seguros’. Esto nos permite tomar decisiones en consonancia con nuestros verdaderos sueños, más allá del miedo y de la necesidad de control.

La trampa de la mente

“Existe al menos un rincón del universo que con toda seguridad puedes mejorar, y eres tú mismo”, Aldous Huxley

Los seres humanos tenemos tendencia a relacionar la seguridad con el confort material, la estabilidad emocional y el control sobre nuestras circunstancias. Sin embargo, ¿qué es la seguridad? ¿Dónde habita? Según los filósofos y los psicólogos, se esconde en nuestro sistema de creencias, que a su vez condiciona nuestra percepción de la realidad.

El quid de la cuestión es que dado que la seguridad externa es una ilusión psicológica, nos estamos aferrando a un estilo de vida rutinario a cambio de una falsa sensación de estabilidad y protección. Sobretodo porque es imposible saber lo que nos va a ocurrir mañana, y mucho menos tener garantías absolutas de que nuestro ‘plan existencial’ se desarrollará tal y como lo hemos diseñado.

Es interesante señalar que la inseguridad se ha convertido en uno de los cimientos psicológicos sobre los que hemos construido la sociedad contemporánea. De ahí que la ‘seguridad nacional’ sea uno de los conceptos más utilizados por los dirigentes políticos. Curiosamente, la palabra ‘seguridad’ tiene como raíz etimológica el vocablo latino ‘securitas’, que significa “sin temor ni preocupación”. Es decir, que la verdadera seguridad no está relacionada con nuestras circunstancias externas, las cuales están regidas por leyes naturales que nos son imposibles de gobernar y controlar. Se trata, más bien, de un estado emocional interno que nos permite vivir sin miedo, liberándonos de nuestra arraigada obsesión por pensar en potenciales amenazas y peligros futuros.

La libertad asusta, pues implica abrazar la inseguridad inherente a nuestra existencia. Eso sí, si aspiramos a ser verdaderamente libres, no está de más recordarnos de vez en cuando que la vida es… incierta.