El gen de la amabilidad · Irene Orce

Me gustan especialmente las personas amables. Sobre todo las que son amables casi sin darse cuenta, con pocas palabras y pequeños gestos, de esos que pasan casi inadvertidos, que parece que no significan nada, y que lo son todo.

Me gustan las personas amables, y no porque sean amables conmigo -que también-, sino porque de una forma casi inconsciente me hacen ser amables con ellas, y eso es algo que me hace sentir genial.

A esas personas suelo decirles “gracias”. Gracias por la ayuda, por las palabras amables, por ser como son…cuando en realidad debería decirles gracias por hacerme mejor persona. No se lo digo, pero espero que lo sepan.

Hoy ha sido un día de esos “amables”, con personas amables, y he recordado uno de esos artículos de Irene Orce que tanto me gustan. Se titula El gen de la amabilidad. Y dice así :

“Hay tres cosas importantes en la vida: ser amable, ser amable y ser amable”, Henry James

La amabilidad se encuentra en peligro de extinción. Y posiblemente nunca haya existido una decadencia más inmerecida. En nuestro afán por aprovechar el tiempo, lograr nuestros objetivos, cumplir con todo lo que se espera de nosotros y atender nuestras muchas obligaciones, dejamos a un lado todo lo que no consideramos ‘esencial’. Acortamos las cortesías y vamos directos al grano. A menudo nos encerramos tanto en nuestro mundo que no ‘vemos’ a las personas con las que nos cruzamos o con las que conversamos. Sólo somos capaces de ver lo que necesitamos de ellas. Y si no tienen algo que sea de nuestro interés, ni siquiera les dedicamos un segundo vistazo. En este escenario, no resulta extraño que, por lo general, la amabilidad haya caído en desuso.

No en vano, la amabilidad requiere tiempo y consume atención. La urgencia y el egocentrismo nos hacen priorizar otras cosas, que consideramos “más importantes”. Pero en el camino perdemos algo muy valioso, y mucho más trascendente: la auténtica conexión con otro ser humano. La amabilidad es el vehículo que lo hace posible. Tal vez sea un vehículo antiguo, pero no por ello deja de resultar útil. Y en la cultura de la inmediatez en la que vivimos, resulta más necesario que nunca. Eso sí, la auténtica amabilidad va más allá de la pose y el decoro, de la norma social y la educación convencional. No se trata de fórmulas de cortesía recitadas como una poesía, poniendo más énfasis en la forma que en el contenido. Eso forma parte de nuestro personaje social.

La amabilidad genuina nos recuerda la importancia de ir más allá de nosotros mismos, y nos enseña a mostrar interés real por otras personas. No se trata de un mero intercambio de información: las palabras amables están cuajadas de afecto. Son una muestra de aprecio, estima, simpatía y respeto. Una serie de cualidades que nunca sobra cultivar. Además, esta conjunción de empatía, comprensión y generosidad nos permite abrir tanto la mente como el corazón. Y nos brinda la oportunidad de hacer pequeños gestos que pueden marcar grandes diferencias. Tal vez sea el momento de verificar cuán amables nos mostramos en nuestro día a día.

“La amabilidad es una almohadilla que amortigua los embates de la vida” – Arthur Schopenhauer

Para algunos, ser amable a veces suele interpretarse como una transacción tediosa, un signo de sumisión o incluso de debilidad. Hay quienes lo consideran innecesario, y también quienes reducen la amabilidad a las interacciones con las personas que conocen poco, y la olvidan por completo cuando están con las personas de su círculo más cercano. Pero la realidad es que la amabilidad requiere de un profundo compromiso y comprensión de la naturaleza humana. La evidencia sostiene que se trata de un comportamiento adaptativo, que ha resultado fundamental para construir el mundo en el que vivimos hoy. Es una respuesta integrada en nuestro código genético como resultado del proceso evolutivo.

En una época en la que los recursos eran escasos y las condiciones de vida resultaban a menudo extremas, la mejor opción para ver un nuevo día era la cooperación con otros seres humanos. Lo cierto es que cuanto más poderosos eran los vínculos entre varias personas o grupos, mayores eran las posibilidades de asegurar su supervivencia. Mejoraba las oportunidades de cazar, de protegerse de los depredadores y de construir refugios.Y la empatía jugaba un papel protagonista en ese escenario, pues fomentaba y fortalecía esos vínculos. El pasar de los años refinó nuestra manera de interactuar y de exteriorizar nuestras emociones y pensamientos, y aprendimos a expresar esa empatía a través de la amabilidad. Es lo que explica por qué a día de hoy nuestro instinto nos lleva a saltar inmediatamente de nuestra silla para ayudar cuando alguien se cae al suelo o nos paramos a echar una mano cuando presenciamos un choque en la carretera. La evolución incluyó el ‘gen amable’ en nuestra especie hace miles de años. Somos seres sociales, y este instinto nos ayuda a desarrollar esa dimensión necesaria en nuestra vida. Nuestros ancestros aprendieron esa valiosa lección a conciencia, era una necesidad. Eso es algo que al parecer hemos olvidado… Pero nunca es tarde para recordar.

La amabilidad afecta a las relaciones del mismo modo que una dosis de suavizante en la colada.Hace las cosas fáciles, incluso las palabras fluyen con menos esfuerzo. Además, mejora el estado de ánimo de quien la ofrece y de quien la recibe. Es capaz de convertir un ambiente hostil en uno armonioso. Agrieta las corazas más impenetrables y aligera las situaciones más complicadas. Eso sucede porque reduce la distancia emocional entre dos personas y nos hace sentir más vinculados al otro. Cuando somos amables los unos con los otros sentimos una conexión que mejora y profundiza las relaciones nuevas y refuerza las que ya tenemos. Por si fuera poco, es una de las pocas cosas que podemos poner en práctica cada día sin tener que estar pendientes de posibles contraindicaciones ni efectos secundarios adversos. Nunca resta, sólo suma.

Sin embargo, a pesar de la multitud de beneficios que nos aporta, no siempre es fácil ser amables. No en vano, la amabilidad podría definirse como la capacidad de amar a los demás en todo momento y frente a cualquier situación, lo que supone grandes dosis de comprensión, consciencia y sabiduría. Posiblemente no seamos Ghandi, pero sí tenemos la capacidad de dejar de mirar hacia otro lado. Específicamente, a nuestra zona abdominal, y más concretamente, a nuestro ombligo. A menudo, tenemos nuestra atención tan centrada en nuestra propia vida que nos olvidamos de todo lo demás. La amabilidad nos brinda la oportunidad de ampliar nuestro marco de visión. Nos cruzamos con muchas personas cada día. El panadero, el camarero del bar donde siempre tomamos café, la dependienta de la carnicería, los vecinos de enfrente… Una simple sonrisa, una mirada directa, un por favor, un gracias, un ¿cómo va todo? Resulta suficiente para animar y conectar con la otra persona.

Eso sin olvidarnos de quienes están más cerca de nosotros. Lamentablemente, a veces la convivencia va en detrimento de nuestra amabilidad. Damos las cosas por sentadas, y no cuidamos las palabras ni la manera en la que pedimos las cosas. En muchas ocasiones, más bien exigimos. Pero esta actitud pocas veces nos acerca a los resultados que esperamos obtener. De ahí la importancia de recuperar una herramienta tan valiosa. Ponerla en práctica con nuestra pareja, nuestros padres y nuestros hijos contribuye a sanar las heridas emocionales y a construir –o reconstruir- una conexión profunda basada en el respeto, la atención plena y el auténtico interés y afecto por el otro.

“Con palabras agradables y un poco de amabilidad se puede arrastrar a un elefante de un cabello” – Proverbio Persa

A menudo, miramos el mundo en el que vivimos, retratado con crudeza en cualquier periódico o telediario, y nos invade una profunda sensación de malestar e incomodidad. Crisis, conflicto, problemas de todo tamaño, forma y color… y aunque nuestro idealista interior nos dice que podemos hacer algo para cambiar el desarrollo de los acontecimientos, solemos acallarlo con el argumento de que ‘no está en nuestras manos’. Si bien es cierto que no tenemos una varita mágica con la que transformar la realidad de un día para otro, sí tenemos la capacidad de marcar pequeñas diferencias, especialmente en el plano emocional. Nuestra vida afecta directa e indirectamente la vida de quienes nos rodean, influyendo en ellos por medio de nuestras decisiones, conductas y actitudes. En última instancia depende de nosotros contribuir a construir un mundo más amable.

Con un par de pequeños gestos podemos cambiar el día a una persona. Incluso, sin saberlo, a más de una. No en vano, la amabilidad es contagiosa. Cuando somos amables inspiramos a otros a actuar del mismo modo. Al igual que lanzar una piedra a un estanque genera ondas por toda la superficie, la amabilidad provoca una reacción en cadena de la misma magnitud. Tan sólo tenemos que preguntarnos: ¿Cómo nos sentimos cuando alguien es amable con nosotros? Lo cierto es que esos pequeños gestos afectan positivamente a nuestro estado de ánimo, y nos impulsan a ‘devolver’ esa amabilidad con otras personas. Lo único que necesitamos para iniciar esta ‘revolución amable’ es dejar de ser meros espectadores de la película de nuestra vida y comenzar a actuar. ¿A qué estamos esperando para expandir la ‘epidemia de la amabilidad’?

( Es un artículo de Irene Orce, periodista y divulgadora especializada en temas de psicología, coaching y desarrollo personal. Foto © Rosana Calvo )

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¿Dónde se esconde la seguridad?

Un gran artículo de Irene Orce para La Vanguardia sobre las inseguridades y cómo luchamos con todas nuestras fuerzas contra ellas olvidándonos de que la seguridad es una ilusión y de que la vida es incierta…

Rosana Calvo Diéguez

“Cualquier sociedad que renuncie a un poco de libertad para ganar un poco de seguridad no merece ninguna de las dos cosas”, Benjamin Franklin

La vida es incierta. Esta afirmación puede resultar incómoda, pero su veracidad es incuestionable. Tan sólo tenemos que observar lo que sucede a nuestro alrededor, leer la prensa o encender el televisor para verificarla. Sin embargo, el instinto de supervivencia del ser humano lucha con todas sus fuerzas contra esta evidencia. De ahí nuestra necesidad de tener el máximo grado de control posible sobre todo lo que sucede en nuestra existencia.

En un fallido intento de sepultar la incertidumbre, solemos pretender que la realidad se adapte a nuestras necesidades y expectativas. Queremos que las cosas sean como deseamos, esperamos y planeamos. Y solemos frustrarnos e incluso enfadarnos cada vez que surgen imprevistos, contratiempos o adversidades. Lo cierto es que los seres humanos somos animales de costumbres. Y demasiado a menudo, nuestra necesidad de saber qué, cómo y cuándo van a suceder las cosas nos lleva a tomar el camino más estable y ‘seguro’, aunque no sea el que nos genere mayor bienestar interno.

En general, nos gusta crear y preservar nuestra propia rutina. Así, estudiamos una carrera universitaria que nos garantice salidas profesionales. Trabajamos para una empresa que nos haga un contrato indefinido. Solicitamos una hipoteca al banco para comprar y tener un piso en propiedad. Y más tarde, un plan de pensiones para no tener que preocuparnos cuando llegue el día de nuestra jubilación. En definitiva, optamos por un estilo de vida estrictamente planificado y, en principio, carente de riesgo. Y todas estas decisiones las tomamos en nombre de laseguridad.

La cultura del miedo

“Si quieres seguridad total, ve a la cárcel. No tendrás que preocuparte por la alimentación, la vestimenta, la atención médica… Sólo te faltará la libertad”, Dwight Eisenhower

Sin embargo, este tipo de comportamiento pone de manifiesto que, en general, nos sentimos profundamente indefensos e inseguros. Vivimos bajo la tiranía del miedo. De hecho, nos aterra todo aquello que no podemos controlar. A lo largo de nuestra existencia, los seres humanos desarrollamos infinidad de temores, entre los que destacan el miedo a la muerte, al rechazo, a la soledad, al fracaso, a la pérdida y al cambio. Estos temores toman forma en nuestro diálogo interno, y se sostienen sobre nuestro sistema de creencias. Consciente o inconscientemente, influyen en nuestra toma de decisiones y determinan nuestro estilo de vida.

Si aspiramos a dejar de vivir encarcelados por la inseguridad y el temor, tenemos que empezar por dejar de centrar nuestra atención en todo aquello que no depende de nosotros. El primer paso para lograrlo es entrenar el músculo de la confianza, el único antídoto eficaz contra el miedo. De este modo, podremos comenzar a orientar nuestra atención hacia aquello que sídepende de nosotros: la actitud que tomamos frente a las circunstancias, es decir, aquello que está dentro de nuestra área de  influencia.

Por más que nos cueste de reconocer, la mayoría de seres humanos no sabemos convivir con la incertidumbre inherente a nuestra existencia. Paradójicamente, si bien tratar de tener el control nos genera tensión, soltarlo nos produce todavía más ansiedad. De ahí que muchos estemos atrapados en esta desagradable disyuntiva. Así, cuanto más ‘inseguros’ nos sentimos por dentro, más tiempo, dinero y energía invertimos para ‘asegurar’ nuestras circunstancias externas.

Sin embargo, depende de nosotros dar lo mejor de nosotros mismos frente a cada situación, haciéndonos responsables de nuestra propia vida. Vencer al miedo requiere coraje. Conectamos con el valor cuando vivimos en coherencia con nuestros propios valores, sin duda alguna, el alimento que más nutre nuestra confianza. De ahí la importancia de descubrir quiénes somos y comprometernos con nuestro desarrollo personal. Vivir con coraje nos lleva a salir de la cárcel de nuestra mente. Y nos ayuda a derribar la coraza que hemos tejido con nuestros temores y carencias para ‘protegernos’ y sentirnos ‘seguros’. Esto nos permite tomar decisiones en consonancia con nuestros verdaderos sueños, más allá del miedo y de la necesidad de control.

La trampa de la mente

“Existe al menos un rincón del universo que con toda seguridad puedes mejorar, y eres tú mismo”, Aldous Huxley

Los seres humanos tenemos tendencia a relacionar la seguridad con el confort material, la estabilidad emocional y el control sobre nuestras circunstancias. Sin embargo, ¿qué es la seguridad? ¿Dónde habita? Según los filósofos y los psicólogos, se esconde en nuestro sistema de creencias, que a su vez condiciona nuestra percepción de la realidad.

El quid de la cuestión es que dado que la seguridad externa es una ilusión psicológica, nos estamos aferrando a un estilo de vida rutinario a cambio de una falsa sensación de estabilidad y protección. Sobretodo porque es imposible saber lo que nos va a ocurrir mañana, y mucho menos tener garantías absolutas de que nuestro ‘plan existencial’ se desarrollará tal y como lo hemos diseñado.

Es interesante señalar que la inseguridad se ha convertido en uno de los cimientos psicológicos sobre los que hemos construido la sociedad contemporánea. De ahí que la ‘seguridad nacional’ sea uno de los conceptos más utilizados por los dirigentes políticos. Curiosamente, la palabra ‘seguridad’ tiene como raíz etimológica el vocablo latino ‘securitas’, que significa “sin temor ni preocupación”. Es decir, que la verdadera seguridad no está relacionada con nuestras circunstancias externas, las cuales están regidas por leyes naturales que nos son imposibles de gobernar y controlar. Se trata, más bien, de un estado emocional interno que nos permite vivir sin miedo, liberándonos de nuestra arraigada obsesión por pensar en potenciales amenazas y peligros futuros.

La libertad asusta, pues implica abrazar la inseguridad inherente a nuestra existencia. Eso sí, si aspiramos a ser verdaderamente libres, no está de más recordarnos de vez en cuando que la vida es… incierta.

La importancia de decir no

“No hay mayor esclavitud que decir sí cuando se quiere decir no”, Baltasar Gracián

La palabra ‘no’ es tan escueta como poderosa. Dos letras que, unidas, se convierten en una de las combinaciones más temidas de nuestro vocabulario. Su simple mención basta para destruir sueños, romper corazones y demoler expectativas. Está íntimamente relacionada con el rechazo, y cuando se escapa de nuestros labios, tiene la capacidad de convertirnos en auténticos villanos a ojos de los demás. Pero paradójicamente, es también la partícula que nos permite establecer límites, marcar distancias, ajustar nuestros tempos y respetar nuestras necesidades. Y en demasiadas ocasiones, nos cuesta horroresverbalizarla. Cuando nos piden un favor, cuando el jefe nos ‘invita’ a que nos quedemos unas horas más, cuando nuestra pareja nos abruma con sus demandas…la gestión del ‘no’ es una auténtica pesadilla para miles de seres humanos. Y es un reto al que nos enfrentamos a diario.

Vivimos en una cultura de agradadores, en la que el peso de la imagen y el qué dirán en muchas ocasiones supera al de nuestras propias necesidades e inquietudes. De ahí que a menudo nos sintamos culpables cuando decimos que ‘no’ a algo o a alguien. Es más, es una respuesta que solemos posponer lo máximo posible, adornándola a menudo con todo tipo de excusas y disculpas. En este escenario no resulta extraño que lleguemos incluso a mentir, inventándonos compromisos inexistentes para cancelar citas o eventos a los que no nos apetece acudir. Todo ello en aras de “no hacer sentir mal” a esa otra persona. O eso nos decimos a nosotros mismos. Si nos atrevemos a ahondar un poco más allá, veremos que la realidad del asunto es que no sabemos cómo enfrentarnos a la crudeza del ‘no’. Tememos la reacción del otro ante nuestra negativa, su ira, sudescontento…pero sobretodo, tememos descubrir de qué manera afectará nuestra respuesta a la imagen que esa persona tiene de nosotros.

Evitamos decir ‘no’ para no alterar la supuesta armonía existente en nuestras relaciones, en las que buscamos valoración, afecto y respeto. Pero hay quien lleva esta tendencia al extremo, viviendo como un auténtico conflicto la posibilidad de verbalizar una negativa. Por lo general, esta conducta tiene que ver con una falta de autoestima y una excesiva necesidad de ser aceptado por los demás. Y se trata de una espiral de la que resulta muy difícil escapar. Pero no decir nunca que no también termina por pasarnos factura. Al fin y al cabo, resulta algo tan natural como necesario. Negarnos a hacer un favor no siempre tiene que ver con una actitud egoísta. No se trata de ser insensibles ante las necesidades de los demás, sino de comprender que en la medida que atendamos nuestras propias necesidades seremos más capaces de dar lo mejor en las situaciones en las que los demás requieran nuestra colaboración.

Cómo construir límites
“Lo más importante que aprendí a hacer después de 40 años fue a decir no cuando es no”, Gabriel García Márquez

La gestión del ‘no’ comienza a una edad muy temprana. De hecho, la primera vez que esta palabra se escapa de nuestros labios solemos contar con unos dos años de vida. En ese momento comienza una etapa de reafirmación, por la que pasamos todos, en la que ponemos a prueba la paciencia de nuestros progenitores. El primer ‘no’ es un canto a la independencia, fruto del proceso de descubrimiento de uno mismo. Surge en el momento en el que aprendemos a valorar todo aquello que las personas de nuestro entorno nos dicen, y en un momento determinado nos rebelamos, utilizando tan escueta palabra como medio para articular el rechazo, la diferencia que hay entre lo que nosotros queremos y lo que los demás nos exigen. Así, la evolución del ‘no’ nos guía en el arduo proceso de descubrir y relacionarnos con el mundo que nos rodea. Nace de la necesidad de probar los límites de nuestro entorno, y nos acompaña en ese camino repleto de disyuntivas al que llamamos vida. Se trata de una partícula compleja: no hay que olvidar que negar una cosa implica afirmar otras muchas, y viceversa. Al fin y al cabo, saber lo que no se quiere es el primer paso para averiguar lo que realmente se desea.

Lo cierto es que decir ‘no’ es la mejor manera de poner límites, bien sea en nuestro círculo personal o en nuestro entornoprofesional. Aunque no solemos prestarles demasiada atención, los límites son un elemento crucial que influye en todas nuestras relaciones. Están íntimamente vinculados a nuestra identidad y a nuestra integridad, pues marcan la pauta de hasta dónde estamos dispuestos a llegar en una temática o situación determinada. Y los ponemos en jaque cada vez que sentimos que deberíamos decir que no y nos reprimimos. De hecho, al no respetar nuestros propios límites estamos invitando a los demás a que tampoco lo hagan. De ahí la importancia de cuestionarnos hasta dónde estamos dispuestos a llegar paracomplacer a los demás.

Si no ponemos freno a conductas desagradables, destructivas o abusivas de las personas de nuestro entorno estamos dando luz verde para que continúen. Tenemos el derecho de no aceptar ciertas peticiones o demandas, independientemente de quién las formule. Muchas veces no ponemos límites porque no sabemos con certeza cuáles serían los resultados positivos que podríamos obtener si lo hiciéramos. Lo único que tenemos claro son los problemas que padecemos por no hacerlo y el malestar constante que nos acarrea. Esta inercia nos va llevando a olvidarnos de nosotros mismos, arrastrándonos hasta el punto de perder la capacidad de construir una realidad que sea realmente coherente con la persona que somos.

Cuestión de confianza
“Los límites que marcan nuestra vida no son los que nos ponen los demás, sino los que aprendemos a poner nosotros mismos”, Byron Katie

Llegados a este punto, tal vez merezca la pena reflexionar sobre las potenciales consecuencias positivas de practicar el no. ¿Qué lograríamos? ¿Cómo nos sentiríamos? ¿De qué manera influiría en nuestra vida y en nuestras relaciones? La clave para liberarnos del malestar y la ansiedad que nos genera decir ‘no’ radica en trabajar el cómo. Por supuesto, cada situación es diferente, y en este escenario no caben generalizaciones. Pero lo que sin duda resulta útil es sumar recursos para no volver a caer en la permanente tendencia a ceder ante las peticiones ajenas. En primer lugar, en vez de repetirnos constantemente las mil razones por las que no podemos –o debemos–decir que no, podemos centrarnos en aprender a decirlo de manera que nuestro interlocutor pueda entenderlo y aceptarlo sin acritud. Incluso si se trata de nuestro jefe. El primer paso para lograrlo es tener claras nuestras prioridades. Tener presente aquello que es auténticamente importante para nosotros nos ayuda a definir en qué queremos invertir nuestro tiempo y contribuye a dar solidez a nuestros argumentos. Si nos atrevemos a valorar nuestro tiempo, nuestras necesidades y nuestras inquietudes seremos capaces de minimizar el titubeo y el conflicto interno que nos genera el inquietante ‘no’.

Por otra parte, la forma tiene un papel fundamental para gestionar la comunión de estas dos letras. Cuidar las palabras que utilizamos, con el máximo respeto como guía, suele ser garantía de que el intercambio con nuestro interlocutor termineamigablemente. Cabe recordar que no existe ninguna necesidad de justificarnos en exceso. Resulta innecesario adornar en demasía una negativa, incluso puede llegar a sonar falsa, lo que terminará por debilitar nuestra posición. Una buena técnica es, simple y llanamente, decir no y añadir a continuación la razón principal del por qué. A menudo lo más efectivo es lo más directo y honesto, como un “lo siento, pero me temo que no puedo aceptar” o “en estos momentos me resulta imposible” como respuesta.

Si nos damos la oportunidad de poner en práctica estas fórmulas, posiblemente nos encontraremos con que la respuesta de los demás suele ser positiva, lo que supone que la mayoría de los conflictos que tenemos con decir ‘no’ los creamos nosotros con nuestra tendencia a preocuparnos y a anticipar acontecimientos. En lo concerniente al ‘no’, nosotros somos nuestro mayor enemigo. De ahí la importancia de hacer un ejercicio de honestidad y apostar por ser más auténticos en nuestra gestión de esta palabra. Para muchos, decir no es la cima de la autoestima. Al fin y al cabo, esta pequeña y poderosa partícula nos ayuda a sumar en respeto… y crecer en libertad.

Irene Orce