Respira

De la importancia de respirar para controlar nuestras emociones…

“Se cuenta que un niño estaba siempre malhumorado y cada día se peleaba en el colegio con sus compañeros. Cuando se enfadaba, se abandonaba a la ira y decía y hacía cosas que herían a los demás niños. Consciente de la situación, un día su padre le dio una bolsa de clavos y le propuso que,cada vez que discutiera o se peleara con algún compañero,clavase un clavo en la puerta de su habitación. El primer día clavó treinta y tres. Terminó agotado, y poco a poco fue descubriendo que le era más fácil controlar su ira que clavar clavos en aquella puerta. Cada vez que iba a enfadarse se acordaba de lo mucho que le costaría clavar otro clavo, y en el transcurso de las semanas siguientes, el número de clavos fue disminuyendo. Finalmente,llegó un día en que no entró en conflicto con ningún compañero. Había logrado apaciguarsu actitud y su conducta. Muy contento porsu hazaña,fue corriendo a decírselo a su padre, quien sabiamente le sugirió que cada día que no se enojase desclavase uno de los clavos de la puerta. Meses más tarde, el niño volvió corriendo a los brazos de su padre para decirle que ya había sacado todos los clavos.Le había costado un gran esfuerzo. El padre lo llevó ante la puerta de la habitación. “Te felicito”,le dijo. “Pero mira los agujeros que han quedado en la puerta” (Del texto “Dominar las emociones”, de Irene Orce)

Respirar para controlar las emociones…y respirar para sentirse vivo (“Breath“)

Breath

“La vida no te está esperando en ninguna parte, te está sucediendo. No se encuentra en el futuro como una meta que has de alcanzar, está aquí y ahora, en este mismo momento, en tu respirar “(Osho)

Tres minutos de respiraciones…tres minutos para ser conscientes de nuestra respiración…de esa fuerza invisible que, pese a pasar siempre tan desapercibida, nos permite ser todo lo que somos y hacer todo lo que hacemos. Tres minutos para la reflexión, sin palabras, de mano de Daniel Mercadante, de The Mercadantes. Tres minutos para pararse y respirar.

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El puzzle de la motivación · Dan Pink

Once upon a time

A mediados de los años 90, Microsoft empezó a crear una enciclopedia llamada Encarta. Pagaron a profesionales para que escribieran y editaran miles de artículos, y administradores bien recompensados supervisaron todo el asunto para asegurar que se realizara en presupuesto y en tiempo.

Unos años más tarde, empezó a crearse otra enciclopedia: Wikipedia. Un modelo distinto, con un lema distinto: hazlo por diversión. Nadie ganaba un centavo, un euro o un yen. Simplemente lo hacían porque les gustaba hacerlo.

Zanahorias y palos contra autonomía, maestría y propósito. Motivadores extrínsecos contra motivadores intrínsecos. Ningún economista en ningún lugar del planeta hubiese predicho que triunfaría el modelo Wikipedia. Y sin embargo así fue.

Y ahí está el verdadero secreto de la motivación en el trabajo.

“Hay una discrepacia entre lo que la ciencia sabe y lo que los negocios hacen, y demasiadas organizaciones están tomando decisiones sobre sus políticas sobre el talento y las personas basándose en suposiciones anticuadas, no examinadas y arraigadas más en el folclore que en la ciencia. Ya no sirve seducir a la gente con una zanahoria más dulce, o amenazarla con un palo más puntiagudo. Necesitamos un enfoque totalmente nuevo”

“Las buenas noticias son que los científicos que han investigado la motivación nos han dado este nuevo enfoque, un enfoque basado en la motivación intrínseca, en hacer las cosas porque son importantes, porque nos gustan, porque son interesantes, porque forman parte de algo más importante. Este enfoque se basa en tres elementos: autonomía (el impulso de dirigir nuestras propias vidas), maestría (el deseo de volverse mejor y mejor en algo que importa) y propósito (el anhelo de hacer lo que hacemos en servicio de algo más grande que nosotros mismos)”.

Podéis leer más sobre Daniel Pink en su web y seguirlo en Facebook y Twitter.

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¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!

En una aldea vivía un granjero muy sabio que compartía una pequeña casa con su hijo. Un buen día, al ir al establo a dar de comer al único caballo que tenían, el chico descubrió que se había escapado. La noticia corrió por todo el pueblo. Tanto es así, que los habitantes enseguida acudieron a ver al granjero. Y con el rostro triste y apenado, le dijeron: “¡Qué mala suerte habéis tenido, para un caballo que poseíais y se os ha marchado!”. Y el hombre, sin perder la compostura, simplemente respondió: “Mala suerte, buena suerte, ¿quién sabe?”.

Unos días después, el hijo del granjero se quedó sorprendido al ver a dos caballos pastando enfrente de la puerta del establo. Por lo visto, el animal había regresado en compañía de otro, de aspecto fiero y salvaje. Cuando los vecinos se enteraron de lo que había sucedido, no tardaron demasiado en volver a la casa del granjero. Sonrientes y contentos, le comentaron: “¡Qué buena suerte habéis tenido. No solo habéis recuperado a vuestro caballo, sino que ahora, además, poseéis uno nuevo!”. Y el hombre, tranquilo y sereno, les contestó: “Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?”.

Solo veinticuatro horas más tarde, padre e hijo salieron a cabalgar juntos. De pronto, el caballo de aspecto fiero y salvaje empezó a dar saltos, provocando que el chaval se cayera al suelo. Y lo hizo de tal manera que se rompió las dos piernas. Al enterarse del incidente, la gente del pueblo fue corriendo a visitar al granjero. Y una vez en su casa, de nuevo con el rostro triste y apenado, le dijeron: “¡Qué mala suerte habéis tenido. El nuevo caballo está gafado y maldito. Pobrecillo tu hijo, que no va a poder caminar durante unos cuantos meses!”. Y el hombre, sin perder la compostura, volvió a responderles: “Mala suerte, buena suerte, ¿quién sabe?”.

Tres semanas después, el país entró en guerra. Y todos los jóvenes de la aldea fueron obligados a alistarse. Todos, salvo el hijo del granjero, que al haberse roto las dos piernas debía permanecer reposando en cama. Por este motivo, los habitantes del pueblo acudieron en masa a casa del granjero. Y una vez más le dijeron: “¡Qué buena suerte habéis tenido. Si no se os hubiera escapado vuestro caballo, no habríais encontrado al otro caballo salvaje. Y si no fuera por este, tu hijo ahora no estaría herido. Es increíble lo afortunados que sois. Al haberse roto las dos piernas, tu muchacho se ha librado de ir a la guerra!”. Y el hombre, completamente tranquilo y sereno, les contestó: “Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?”.

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La primera vez que escuché este cuento fue a través de Álex Rovira, al que tuve la suerte de entrevistar mientras trabajaba para el Open Your Mind 2014. Es una historia que invita a reflexionar sobre cómo vemos (nosotros y el resto) las cosas que nos suceden en la vida, de una forma que, en muchos casos (¿en la mayoría de los casos?) es parcial y limitada. Sólo el tiempo y los acontecimientos futuros nos permiten alcanzar una perspectiva más amplia y global, quizás también más correcta.

“No es que las cosas se arreglen con el tiempo, si no que con el tiempo las cosas terminan por hacerse, y se ven desde otra perspectiva” (RH)

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Carta abierta de los introvertidos al resto del mundo

Hola, somos nosotros, los introvertidos.

Sólo queríamos escribir una nota breve a todo el mundo para aclarar las cosas. Sabemos que a veces somos un poco enrevesados e incluso irascibles, pero os queremos.

Para ayudaros a tratar con nosotros, hemos creado una lista de los puntos que deberíais tener en cuenta.

1. Los días entre semana son mis días

Juro y perjuro que no es porque no nos caigáis bien. Ni porque hayamos descubierto El ala oeste de la Casa Blanca. Lo cierto es que no queremos estar disponibles tres horas más. Socializar está bien para el fin de semana y para algún que otro jueves (o para todos los jueves, si estás en la universidad). Hasta ahí llegamos. Pero no nos pidáis eso un lunes. Por supuesto, podemos romper las normas en caso de rupturas, reuniones importantes u ocasiones especiales. Así que, básicamente, si no es tu cumpleaños, el encuentro puede esperar hasta el viernes.

2. Si me llamas, que sea por algún motivo

¿Por negocios? Vale, contestamos. ¿Noticias? Bueno. ¿Sólo para hablar? Ja, ja, ja. A menos que ocupes la categoría de ser humano especial, no vamos a contestar a tus llamadas. Francamente, hasta nuestros seres humanos especiales pasan por el escáner (lo siento, mamá). Una vez más, no es que nos caigáis mal. Simplemente, es que no tenemos la energía para hablar por hablar. Los mensajes de texto son nuestros mejores amigos. Si nos escribes un mensaje, tendrás que decirnos de lo que quieres hablar. Nos encanta. Las llamadas son para contactar y conseguir un objetivo. Cualquier otra cosa, no nos vale.

3. Es mejor que haya gente conocida

¡Ay! El jardín de infancia… Hace mucho tiempo nos amontonaban en una clase y nos decían que había que hacer amigos, así que los introvertidos sabemos socializar como cualquier otra persona. Pero no nos confundáis con un extrovertido. La diferencia es que a nosotros nos puede dar un infarto después de una conversación con alguien. Probablemente, sea éste el motivo por el que solemos preguntar: “¿Y quién va a ir?”. No es que no seas guay, es que nos estamos preparando. ¿Por qué?, podréis preguntaros… Porque hablar con desconocidos va unido al hecho de irse pronto de la fiesta. Lo siento, pero no nos arrepentimos.

4. No nos importa andar escasos de amigos

Tiene sentido. Si somos tan malos en la interacción con gente nueva, es lógico que no tengamos millones de amigos. Pero nos da igual. No obstante, los amigos que tenemos son fabulosos. Lo digo por experiencia. Por ejemplo, si eres uno de mis mejores amigos, te sentirás identificado con uno de estos dos puntos:

1. Te abriste paso entre los demás (¡bravo!). 2. Estuvimos encerrados juntos durante un largo período de tiempo y nos vimos obligados a mantener una conversación.No bromeo. Así es como conocí a CINCO de mis mejores amigos. Y se me considera una persona abierta (claro, tengo cinco amigos…).¿Moraleja? Si eres amigo nuestro, te queremos más de lo que crees, y además eres fabuloso.

5. Somos intensos

En serio, no sabemos relajarnos ni tomárnoslo con calma. Cuando estamos metidos en una gran conversación, normalmente tiene que ver con política, religión, dinero, relaciones complicadas o cualquier cosa sobre la que no deberíamos hablar. Estos temas tabús son nuestra fuente de vida en fiestas, no podemos evitarlo. Sí, tu perro es adorable y tu vestido increíble, pero lo que de verdad nos interesa es tu remordimiento como comprador o tu relación con tu madre. Lo siento por adelantado.

6. No sociabilizamos bien

Qué horror. Aquí tienes toda la verdad: nos sentimos desesperados e inseguros cuando invitamos a alguien a cenar, incómodos y falsos cuando contactamos con alguien, y ensimismados cuando hay que conversar con un amigo lejano. No es ninguna excusa; tenemos que esforzarnos más en esto. Pero tened paciencia. Si a ti te resulta más fácil, ayuda a algún introvertido que ande perdido. Somos majos, y nuestras carencias en competencia social se compensan con una buena conversación.

7. Nos gustáis

De verdad. Bueno, no todos nos caéis bien, pero sí muchos de vosotros. Nos gusta que los extrovertidos habléis con nosotros, que nos enviéis mensajes (no que nos llaméis) y que nos contéis lo que ocurre fuera de nuestras mentes temerosas. Aunque nos hemos acomodado en nuestra actitud introvertida, más de una vez nos ha dado envidia la forma en que actuáis. Por tanto, no penséis que tenemos algo en contra vuestra porque prefiramos estar solos. Si os sirve de consuelo, entre nosotros tampoco quedamos. En serio.

((Es un artículo de Kali Rogers para Blush publicado también en el Huffington Post Español))

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El gen de la amabilidad · Irene Orce

Me gustan especialmente las personas amables. Sobre todo las que son amables casi sin darse cuenta, con pocas palabras y pequeños gestos, de esos que pasan casi inadvertidos, que parece que no significan nada, y que lo son todo.

Me gustan las personas amables, y no porque sean amables conmigo -que también-, sino porque de una forma casi inconsciente me hacen ser amables con ellas, y eso es algo que me hace sentir genial.

A esas personas suelo decirles “gracias”. Gracias por la ayuda, por las palabras amables, por ser como son…cuando en realidad debería decirles gracias por hacerme mejor persona. No se lo digo, pero espero que lo sepan.

Hoy ha sido un día de esos “amables”, con personas amables, y he recordado uno de esos artículos de Irene Orce que tanto me gustan. Se titula El gen de la amabilidad. Y dice así :

“Hay tres cosas importantes en la vida: ser amable, ser amable y ser amable”, Henry James

La amabilidad se encuentra en peligro de extinción. Y posiblemente nunca haya existido una decadencia más inmerecida. En nuestro afán por aprovechar el tiempo, lograr nuestros objetivos, cumplir con todo lo que se espera de nosotros y atender nuestras muchas obligaciones, dejamos a un lado todo lo que no consideramos ‘esencial’. Acortamos las cortesías y vamos directos al grano. A menudo nos encerramos tanto en nuestro mundo que no ‘vemos’ a las personas con las que nos cruzamos o con las que conversamos. Sólo somos capaces de ver lo que necesitamos de ellas. Y si no tienen algo que sea de nuestro interés, ni siquiera les dedicamos un segundo vistazo. En este escenario, no resulta extraño que, por lo general, la amabilidad haya caído en desuso.

No en vano, la amabilidad requiere tiempo y consume atención. La urgencia y el egocentrismo nos hacen priorizar otras cosas, que consideramos “más importantes”. Pero en el camino perdemos algo muy valioso, y mucho más trascendente: la auténtica conexión con otro ser humano. La amabilidad es el vehículo que lo hace posible. Tal vez sea un vehículo antiguo, pero no por ello deja de resultar útil. Y en la cultura de la inmediatez en la que vivimos, resulta más necesario que nunca. Eso sí, la auténtica amabilidad va más allá de la pose y el decoro, de la norma social y la educación convencional. No se trata de fórmulas de cortesía recitadas como una poesía, poniendo más énfasis en la forma que en el contenido. Eso forma parte de nuestro personaje social.

La amabilidad genuina nos recuerda la importancia de ir más allá de nosotros mismos, y nos enseña a mostrar interés real por otras personas. No se trata de un mero intercambio de información: las palabras amables están cuajadas de afecto. Son una muestra de aprecio, estima, simpatía y respeto. Una serie de cualidades que nunca sobra cultivar. Además, esta conjunción de empatía, comprensión y generosidad nos permite abrir tanto la mente como el corazón. Y nos brinda la oportunidad de hacer pequeños gestos que pueden marcar grandes diferencias. Tal vez sea el momento de verificar cuán amables nos mostramos en nuestro día a día.

“La amabilidad es una almohadilla que amortigua los embates de la vida” – Arthur Schopenhauer

Para algunos, ser amable a veces suele interpretarse como una transacción tediosa, un signo de sumisión o incluso de debilidad. Hay quienes lo consideran innecesario, y también quienes reducen la amabilidad a las interacciones con las personas que conocen poco, y la olvidan por completo cuando están con las personas de su círculo más cercano. Pero la realidad es que la amabilidad requiere de un profundo compromiso y comprensión de la naturaleza humana. La evidencia sostiene que se trata de un comportamiento adaptativo, que ha resultado fundamental para construir el mundo en el que vivimos hoy. Es una respuesta integrada en nuestro código genético como resultado del proceso evolutivo.

En una época en la que los recursos eran escasos y las condiciones de vida resultaban a menudo extremas, la mejor opción para ver un nuevo día era la cooperación con otros seres humanos. Lo cierto es que cuanto más poderosos eran los vínculos entre varias personas o grupos, mayores eran las posibilidades de asegurar su supervivencia. Mejoraba las oportunidades de cazar, de protegerse de los depredadores y de construir refugios.Y la empatía jugaba un papel protagonista en ese escenario, pues fomentaba y fortalecía esos vínculos. El pasar de los años refinó nuestra manera de interactuar y de exteriorizar nuestras emociones y pensamientos, y aprendimos a expresar esa empatía a través de la amabilidad. Es lo que explica por qué a día de hoy nuestro instinto nos lleva a saltar inmediatamente de nuestra silla para ayudar cuando alguien se cae al suelo o nos paramos a echar una mano cuando presenciamos un choque en la carretera. La evolución incluyó el ‘gen amable’ en nuestra especie hace miles de años. Somos seres sociales, y este instinto nos ayuda a desarrollar esa dimensión necesaria en nuestra vida. Nuestros ancestros aprendieron esa valiosa lección a conciencia, era una necesidad. Eso es algo que al parecer hemos olvidado… Pero nunca es tarde para recordar.

La amabilidad afecta a las relaciones del mismo modo que una dosis de suavizante en la colada.Hace las cosas fáciles, incluso las palabras fluyen con menos esfuerzo. Además, mejora el estado de ánimo de quien la ofrece y de quien la recibe. Es capaz de convertir un ambiente hostil en uno armonioso. Agrieta las corazas más impenetrables y aligera las situaciones más complicadas. Eso sucede porque reduce la distancia emocional entre dos personas y nos hace sentir más vinculados al otro. Cuando somos amables los unos con los otros sentimos una conexión que mejora y profundiza las relaciones nuevas y refuerza las que ya tenemos. Por si fuera poco, es una de las pocas cosas que podemos poner en práctica cada día sin tener que estar pendientes de posibles contraindicaciones ni efectos secundarios adversos. Nunca resta, sólo suma.

Sin embargo, a pesar de la multitud de beneficios que nos aporta, no siempre es fácil ser amables. No en vano, la amabilidad podría definirse como la capacidad de amar a los demás en todo momento y frente a cualquier situación, lo que supone grandes dosis de comprensión, consciencia y sabiduría. Posiblemente no seamos Ghandi, pero sí tenemos la capacidad de dejar de mirar hacia otro lado. Específicamente, a nuestra zona abdominal, y más concretamente, a nuestro ombligo. A menudo, tenemos nuestra atención tan centrada en nuestra propia vida que nos olvidamos de todo lo demás. La amabilidad nos brinda la oportunidad de ampliar nuestro marco de visión. Nos cruzamos con muchas personas cada día. El panadero, el camarero del bar donde siempre tomamos café, la dependienta de la carnicería, los vecinos de enfrente… Una simple sonrisa, una mirada directa, un por favor, un gracias, un ¿cómo va todo? Resulta suficiente para animar y conectar con la otra persona.

Eso sin olvidarnos de quienes están más cerca de nosotros. Lamentablemente, a veces la convivencia va en detrimento de nuestra amabilidad. Damos las cosas por sentadas, y no cuidamos las palabras ni la manera en la que pedimos las cosas. En muchas ocasiones, más bien exigimos. Pero esta actitud pocas veces nos acerca a los resultados que esperamos obtener. De ahí la importancia de recuperar una herramienta tan valiosa. Ponerla en práctica con nuestra pareja, nuestros padres y nuestros hijos contribuye a sanar las heridas emocionales y a construir –o reconstruir- una conexión profunda basada en el respeto, la atención plena y el auténtico interés y afecto por el otro.

“Con palabras agradables y un poco de amabilidad se puede arrastrar a un elefante de un cabello” – Proverbio Persa

A menudo, miramos el mundo en el que vivimos, retratado con crudeza en cualquier periódico o telediario, y nos invade una profunda sensación de malestar e incomodidad. Crisis, conflicto, problemas de todo tamaño, forma y color… y aunque nuestro idealista interior nos dice que podemos hacer algo para cambiar el desarrollo de los acontecimientos, solemos acallarlo con el argumento de que ‘no está en nuestras manos’. Si bien es cierto que no tenemos una varita mágica con la que transformar la realidad de un día para otro, sí tenemos la capacidad de marcar pequeñas diferencias, especialmente en el plano emocional. Nuestra vida afecta directa e indirectamente la vida de quienes nos rodean, influyendo en ellos por medio de nuestras decisiones, conductas y actitudes. En última instancia depende de nosotros contribuir a construir un mundo más amable.

Con un par de pequeños gestos podemos cambiar el día a una persona. Incluso, sin saberlo, a más de una. No en vano, la amabilidad es contagiosa. Cuando somos amables inspiramos a otros a actuar del mismo modo. Al igual que lanzar una piedra a un estanque genera ondas por toda la superficie, la amabilidad provoca una reacción en cadena de la misma magnitud. Tan sólo tenemos que preguntarnos: ¿Cómo nos sentimos cuando alguien es amable con nosotros? Lo cierto es que esos pequeños gestos afectan positivamente a nuestro estado de ánimo, y nos impulsan a ‘devolver’ esa amabilidad con otras personas. Lo único que necesitamos para iniciar esta ‘revolución amable’ es dejar de ser meros espectadores de la película de nuestra vida y comenzar a actuar. ¿A qué estamos esperando para expandir la ‘epidemia de la amabilidad’?

( Es un artículo de Irene Orce, periodista y divulgadora especializada en temas de psicología, coaching y desarrollo personal. Foto © Rosana Calvo )

Si no te sale de dentro…no lo hagas

Si no te sale ardiendo de lo más profundo de ti, a pesar de todo, no lo hagas.

A no ser que salga espontáneamente de tu corazón, de tu mente, de tu boca, de tus entrañas, no lo hagas.

Si lo haces por dinero, o por fama, no lo hagas.

Si lo haces para llevarte a mujeres a la cama, no lo hagas.

Si te cansa solo pensar en hacerlo, no lo hagas.

Si estás intentando escribir como cualquier otro, olvídalo.

Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti, espera pacientemente, pero si nunca llega a rugir, haz otra cosa.

Si primero tienes que leerlo a tu esposa o a tu novia, o a tu novio o a tus padres, o a cualquiera, no estás preparado.

No seas pesado, y aburrido, y pretencioso. No te consumas en el amor propio. No lo hagas.

A no ser que salga de tu alma como un cohete, no lo hagas.

A no ser que el sol que hay dentro de ti esté quemando tus tripas, no lo hagas.

Cuando sea verdaderamente el momento, si has sido elegido, sucederá por sí solo. Y seguirá sucediendo hasta que mueras. O hasta que muera en ti.

No hay otro camino. Y nunca lo hubo.

¿Dónde se esconde la seguridad?

Un gran artículo de Irene Orce para La Vanguardia sobre las inseguridades y cómo luchamos con todas nuestras fuerzas contra ellas olvidándonos de que la seguridad es una ilusión y de que la vida es incierta…

Rosana Calvo Diéguez

“Cualquier sociedad que renuncie a un poco de libertad para ganar un poco de seguridad no merece ninguna de las dos cosas”, Benjamin Franklin

La vida es incierta. Esta afirmación puede resultar incómoda, pero su veracidad es incuestionable. Tan sólo tenemos que observar lo que sucede a nuestro alrededor, leer la prensa o encender el televisor para verificarla. Sin embargo, el instinto de supervivencia del ser humano lucha con todas sus fuerzas contra esta evidencia. De ahí nuestra necesidad de tener el máximo grado de control posible sobre todo lo que sucede en nuestra existencia.

En un fallido intento de sepultar la incertidumbre, solemos pretender que la realidad se adapte a nuestras necesidades y expectativas. Queremos que las cosas sean como deseamos, esperamos y planeamos. Y solemos frustrarnos e incluso enfadarnos cada vez que surgen imprevistos, contratiempos o adversidades. Lo cierto es que los seres humanos somos animales de costumbres. Y demasiado a menudo, nuestra necesidad de saber qué, cómo y cuándo van a suceder las cosas nos lleva a tomar el camino más estable y ‘seguro’, aunque no sea el que nos genere mayor bienestar interno.

En general, nos gusta crear y preservar nuestra propia rutina. Así, estudiamos una carrera universitaria que nos garantice salidas profesionales. Trabajamos para una empresa que nos haga un contrato indefinido. Solicitamos una hipoteca al banco para comprar y tener un piso en propiedad. Y más tarde, un plan de pensiones para no tener que preocuparnos cuando llegue el día de nuestra jubilación. En definitiva, optamos por un estilo de vida estrictamente planificado y, en principio, carente de riesgo. Y todas estas decisiones las tomamos en nombre de laseguridad.

La cultura del miedo

“Si quieres seguridad total, ve a la cárcel. No tendrás que preocuparte por la alimentación, la vestimenta, la atención médica… Sólo te faltará la libertad”, Dwight Eisenhower

Sin embargo, este tipo de comportamiento pone de manifiesto que, en general, nos sentimos profundamente indefensos e inseguros. Vivimos bajo la tiranía del miedo. De hecho, nos aterra todo aquello que no podemos controlar. A lo largo de nuestra existencia, los seres humanos desarrollamos infinidad de temores, entre los que destacan el miedo a la muerte, al rechazo, a la soledad, al fracaso, a la pérdida y al cambio. Estos temores toman forma en nuestro diálogo interno, y se sostienen sobre nuestro sistema de creencias. Consciente o inconscientemente, influyen en nuestra toma de decisiones y determinan nuestro estilo de vida.

Si aspiramos a dejar de vivir encarcelados por la inseguridad y el temor, tenemos que empezar por dejar de centrar nuestra atención en todo aquello que no depende de nosotros. El primer paso para lograrlo es entrenar el músculo de la confianza, el único antídoto eficaz contra el miedo. De este modo, podremos comenzar a orientar nuestra atención hacia aquello que sídepende de nosotros: la actitud que tomamos frente a las circunstancias, es decir, aquello que está dentro de nuestra área de  influencia.

Por más que nos cueste de reconocer, la mayoría de seres humanos no sabemos convivir con la incertidumbre inherente a nuestra existencia. Paradójicamente, si bien tratar de tener el control nos genera tensión, soltarlo nos produce todavía más ansiedad. De ahí que muchos estemos atrapados en esta desagradable disyuntiva. Así, cuanto más ‘inseguros’ nos sentimos por dentro, más tiempo, dinero y energía invertimos para ‘asegurar’ nuestras circunstancias externas.

Sin embargo, depende de nosotros dar lo mejor de nosotros mismos frente a cada situación, haciéndonos responsables de nuestra propia vida. Vencer al miedo requiere coraje. Conectamos con el valor cuando vivimos en coherencia con nuestros propios valores, sin duda alguna, el alimento que más nutre nuestra confianza. De ahí la importancia de descubrir quiénes somos y comprometernos con nuestro desarrollo personal. Vivir con coraje nos lleva a salir de la cárcel de nuestra mente. Y nos ayuda a derribar la coraza que hemos tejido con nuestros temores y carencias para ‘protegernos’ y sentirnos ‘seguros’. Esto nos permite tomar decisiones en consonancia con nuestros verdaderos sueños, más allá del miedo y de la necesidad de control.

La trampa de la mente

“Existe al menos un rincón del universo que con toda seguridad puedes mejorar, y eres tú mismo”, Aldous Huxley

Los seres humanos tenemos tendencia a relacionar la seguridad con el confort material, la estabilidad emocional y el control sobre nuestras circunstancias. Sin embargo, ¿qué es la seguridad? ¿Dónde habita? Según los filósofos y los psicólogos, se esconde en nuestro sistema de creencias, que a su vez condiciona nuestra percepción de la realidad.

El quid de la cuestión es que dado que la seguridad externa es una ilusión psicológica, nos estamos aferrando a un estilo de vida rutinario a cambio de una falsa sensación de estabilidad y protección. Sobretodo porque es imposible saber lo que nos va a ocurrir mañana, y mucho menos tener garantías absolutas de que nuestro ‘plan existencial’ se desarrollará tal y como lo hemos diseñado.

Es interesante señalar que la inseguridad se ha convertido en uno de los cimientos psicológicos sobre los que hemos construido la sociedad contemporánea. De ahí que la ‘seguridad nacional’ sea uno de los conceptos más utilizados por los dirigentes políticos. Curiosamente, la palabra ‘seguridad’ tiene como raíz etimológica el vocablo latino ‘securitas’, que significa “sin temor ni preocupación”. Es decir, que la verdadera seguridad no está relacionada con nuestras circunstancias externas, las cuales están regidas por leyes naturales que nos son imposibles de gobernar y controlar. Se trata, más bien, de un estado emocional interno que nos permite vivir sin miedo, liberándonos de nuestra arraigada obsesión por pensar en potenciales amenazas y peligros futuros.

La libertad asusta, pues implica abrazar la inseguridad inherente a nuestra existencia. Eso sí, si aspiramos a ser verdaderamente libres, no está de más recordarnos de vez en cuando que la vida es… incierta.

Rise and shine

Todos los días, todos los despertadores, deberían sonar así:

La voz que decidiste escuchar es la del desafío. Así que prepárate, pon los pies en el suelo y no mires atrás.

Cuando haces esa elección, cuando te decides a dar la espalda a lo que es cómodo, lo que es seguro y a lo que algunos llaman “sentido común”, eso es simplemente el primer paso.Y con cada paso decides dar otro.

Ahora estás en el camino, pero no es el momento de pensar en lo lejos que has llegado. Luchas contra un oponente que no puedes ver, pero que sí puedes sentir en los talones. Sientes su respiración en la nuca. ¿Sabes lo que es eso? Eres tú. Tus miedos, tus dudas, tu inseguridad…Pero no te desanimes. No pueden ser derrotados fácilmente, pero están lejos de ser invencibles.

El camino del éxito

“Ves gente con trajes y dinero, y con trabajos estresantes y crees que eso es éxito. Eso no es éxito. Lo único que quieres entonces es dinero, y nadie va a poder ayudarte con eso porque, permíteme que te lo diga, todo el mundo quiere dinero, eso no te hace especial”

“El recurso más importante para hacer cualquier proyecto está en tu cabeza. ¿Sabes por qué se paga tanto por la gente con ideas? Porque no se pueden producir en masa. No importa cuánto dinero tenga una persona, ese dinero jamás será capaz de producir las ideas geniales que tu mente puede crear en una habitación que está vacía”

“Te van a decir que es imposible. Que seas realista. Incluso igual tú mismo te llegas a decir que seas realista, que no se puede hacer. ¿Cuánta gente que ha tenido éxito en su vida ha sido realista? La persona que decidió que iba a poner un barco de metal gigante en el agua y que iba a transportar a gente, no estaba siendo realista. La persona que inventó Internet, un medio de comunicación que conecta de forma invisible a todas las personas del mundo, no estaba siendo realista. ¿Por qué querría alguien ser realista?”

“Alguien muy sabio dijo una vez que el éxito es un 1% de inspiración y un 99% de transpiración, es decir, de esfuerzo. Esto quiere decir con otras palabras que el trabajo duro vence al talento cuando el talento no se está esforzando. Existe un defecto generalizado que consiste en no saber diferenciar entre talento y habilidad. El talento es algo con lo que nacemos, la habilidad es algo que se crea con determinación y con horas y horas de dedicación a lo mismo. Y no importa cuánto talento tengas, tu talento te va a fallar como no pongas en práctica tus habilidades. Hay muchísima gente genial que se acomoda en ese talento y no tiene talento en un campo, porque eso no es suficiente”

“Piensa que en el camino la competencia va a ser brutal. Mientras estés durmiendo va a haber alguien que esté trabajando para ser el mejor en lo mismo en lo que tú quieres tener éxito. Mientras estés descansando o aireándote va a haber alguien que va a seguir trabajando en lo mismo en lo que tú quieres tener éxito. Y si no estás dispuesto a poner todo ese esfuerzo, quizá simplemente no hayas sido sincero y esa no es la meta a la que quieres llegar, quizá no es el objetivo al que querías llegar, porque si lo es te aseguro que te vas a esforzar, vas a trabajar todos los días como si fuese el último día en el que puedes trabajar en eso”

“Deja de culpar a toda la gente que tengas a tu alrededor de tu falta de éxito, deja de pensar que tienes mala suerte, deja de creer que el universo está en contra de que tú consigas algo o de que hay alguien que está dispuesto a hacer lo que sea para que no llegues a conseguirlo, porque sinceramente todas son mentira, y todas son verdad en la medida en que nosotros permitamos que lo sean. Si quieres algo, hazlo. Haz todo lo que esté en tu mano, cada hora, cada día, cada semana para conseguirlo”

“Ten un montón de paciencia, siempre ten paciencia hagas lo que hagas. Las películas con sus pequeñas secuencias de 30 segundos en las que pasan meses y alguien consigue algo han hecho que tengamos la idea de que las cosas se consiguen en tres días, y que si en tres días no lo has conseguido, lo tienes que dejar porque va mal. Las cosas requieren muchísimo tiempo y muchísimo esfuerzo”

“No intentes construir un muro. No te digas a ti mismo: voy a construir el muro más increíble y más impresionante que se ha contruído jamás. En vez de eso di: voy a colocar este ladrillo de la forma más perfecta que se puede colocar un ladrillo. Y haz eso todos los días. Así es como se construye un muro”

“Solo te hace falta un momento de locura y de decir ‘lo voy a hacer’, porque en el momento en que tú decidas que vas a hacer algo, es el momento en que lo vas a hacer realidad”